lunes, marzo 19, 2018
Doris Graber (1923-2018): Adiós a una pionera
Publicado en La Revista de ACOP, Núm. 25, Marzo de 2018
A Doris A. Graber se la conoce en EE.UU. como la decana de los estudios de comunicación política. Afortunadamente, el reconocimiento la acompañó en vida. Su libro Media power in politics es una de las antologías sobre el campo más consultadas y traducidas (ha conocido sucesivas ediciones y actualizaciones a lo largo de los años) y uno de los premios de la American Political Science Association (APSA) al mejor ensayo sobre medios y política lleva su nombre desde hace años.
La presencia de Doris A. Graber en el claustro de profesores de la University of Illinois at Chicago fue una de las principales razones por las que incluí a dicha universidad y su departamento de comunicación en mi lista de solicitudes para cursar un máster de investigación cuando recibí una beca de la Fundación Barrié en 2003. Por razones de incompatibilidad de horarios no pude matricularme en su curso sobre comunicación política, pero tuve la enorme suerte de contar con ella para la composición del tribunal de evaluación de mi tesis de maestría, que versaba sobre el papel de Internet en la captación de activistas políticos.
Por aquel entonces (hablo del año 2005) estaba reciente la épica de la campaña insurgente del candidato demócrata Howard Dean, que supo capitalizar su oposición a la guerra de Irak y su izquierdismo sin complejos para disputarle las primaras al eventual ganador, John Kerry. Pero su histórica campaña de micro-donaciones y generación de círculos de activistas a través del sitio web meetup.com fueron el germen de la PAC Democracy for America y el campo de pruebas de otra campaña histórica, ésta apoyada ya en las redes sociales como Facebook o Twitter, la de Barack Obama.
Para destacar la relevancia de Doris Graber en nuestro campo, utilizaré la misma analogía a la que recurría para hacerle ver a mis colegas legos en comunicación política que me había tocado una especie de lotería académica: para un estudioso del papel de los medios en la democracia, tener a Doris Graber en tu comité de tesis es como para un actor contar con Lauren Bacall en su tribunal de evaluación en el Actors Studio. Cierto es que la profesora Graber se me parecía más a otro personaje televisivo, la Angela Channing interpretada por Jane Wyman. La comparación se limitaba al aspecto físico, porque la Dra. Graber carecía de cualquier atisbo de perfidia. Era más bien perspicaz y, como otro gran maestro que nos dejó hace poco, Kevin G. Barnhurst, con el que compartía universidad, daba cancha a sus discípulos, publicando de manera conjunta con ellos para auparles en sus carreras.
Quizá mis recuerdos sean muy anecdóticos, pero ahí van: frente a mi escepticismo hacia una figura como Dean, al que veía como demasiado izquierdista para un país tan conservador, hasta el punto de considerarlo como inelegible, Graber apuntó que era un candidato interesante (“he was an intriguing candidate”). Frente a la ignorancia de mi juventud, Graber supo advertirme que había otros lugares de reclutamiento de activistas diferentes a Internet: los campus universitarios y las iglesias, entre otros. Acudí a la defensa de mi tesis de maestría con uno de los libros de Graber, Processing politics: Learning from television in the Internet age, para que me lo dedicara. Cabe apuntar que este libro fue pionero en su momento al recurrir a los recientes avances en neurología para demostrar que el procesamiento de información política es más fácil y asequible a través de los medios audiovisuales. Contentísimo con su dedicatoria, se me escapó un efusivo “¡muchas gracias, lo guardaré y se lo enseñaré a mis nietos!” Graber rió el comentario: “You are thinking far ahead!”
Recuerdo también que en las Navidades siguientes le envié una caja de bombones gallegos (unas deliciosas Pedras de Santiago que combinan almendra y chocolate) y me respondió amablemente con una tarjeta manuscrita que todavía conservo (aunque no sé muy bien dónde).
En fin, sirva esta pequeña y apresurada semblanza como un recuerdo cariñoso a una gran mujer y gran académica que contribuyó de manera decisiva a la consolidación y el prestigio científico de nuestro campo.
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miércoles, marzo 14, 2018
Pippa Norris en Madrid
La profesora Pippa Norris. Crédito de la foto: Martha Stewart, Boston Globe
Una de las grandes figuras de la investigación en comunicación política y, por extensión, de las ciencias sociales contemporáneas, visitará Madrid el martes, 20 de marzo de 2018. Se trata de la profesora Pippa Norris, de la Universidad de Harvard, que impartirá la lección inaugural de un encuentro sobre comunicación política populista. Su charla lleva por título, precisamente, el de su próximo libro, en co-autoría con su sempiterno colaborador Ronald Inglehart, “Cultural Backlash: Trump, Brexit, and the Rise of Authoritarian Populism”.
De entre sus múltiples contribuciones a nuestro campo, Norris será siempre recordada por su seminal libro A Virtuous Circle? Political Communications in Post-Industrial Democracies (Cambridge, 2000). Desde su propio título alude al círculo virtuoso que se produce entre el consumo de medios de comunicación y participación política, dificultando el establecimiento de una causalidad lineal: ¿conduce la lectura de noticias a la implicación en asuntos públicos? ¿O es el interés en los problemas del país lo que motiva el consumo de medios?
Norris destaca por su habilidad para procesar y explicar los datos cuantitativos de una manera asequible. Siempre encuentra la tabla o el gráfico adecuado para ilustrar un punto relevante de su argumento, y lo hace de manera magistral. Su producción académica es apabullante, pues ha publicado libros y artículos que se han convertido en referencia para el estudio de temas de máxima trascendencia social, desde la brecha digital a la presencia de mujeres en política, pasando por el ascenso de la extrema derecha o su preocupación más reciente, la integridad de los sistemas electorales.
Norris, que destaca en las conferencias de la América que supo acogerla como académica por su impecable acento británico, es conocida por su colaboración con Ronald Inglehart en el análisis de las sucesivas oleadas de la Encuesta Mundial de Valores. Recuerdo particularmente su artículo para Foreign Policy en que testaba con datos de dicha encuesta la teoría del choque de civilizaciones de Samuel Huntington. Inglehart y Norris descubrían que el controvertido Huntington estaba “half right”, o que había acertado a medias. En contra del estereotipo, el mundo árabe clama por más democracia, pero –y en esto sí que el prejuicio resulta ser un juicio acertado- los datos revelan la consideración de la mujer como una ciudadana de segunda categoría. Es decir: que los países musulmanes desean elegir a un gobierno legitimado en las urnas, pero sin que ello implique la igualdad de género. Un dato relevante a considerar cuando aún resuenan los ecos de las históricas manifestaciones del 8-M.
El encuentro que propicia la conferencia de Norris, financiado por el programa COST, también acogerá intervenciones de destacados académicos de la comunicación política, como James Stanyer or Claes de Vreese. Entre los investigadores españoles destacan Rosa Berganza, anfitriona del evento en la Universidad Rey Juan Carlos, y Karen Sanders, que también ha aportado estudios de caso sobre el populismo español al proyecto.
Addenda post-facto:
Finalmente, la profesora Norris no visitó Madrid, sino que intervino por vídeo-conferencia.
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viernes, febrero 02, 2018
James Harding: "Las fake news nos distraen del verdadero problema: la propaganda"
En la imagen, James Harding (izda.) junto al moderador del encuentro, el periodista Borja Bergareche.
Gran parte del poder actual se encuentra en las grandes empresas tecnológicas. Harding dedicó su charla sobre la libertad de expresión en la era de Internet a explorar las relaciones entre dichas compañías y el gobierno, o entre lo que denominó metafóricamente el valle (en referencia Silicon Valley, el asiento californiano de la mayoría de las big tech) y la montaña (en alusión a Capitol Hill, sede del poder legislativo en EE.UU.) Harding augura en este 2018 una ola reguladora que podría acabar en la partición de los gigantes tecnológicos, cuya única vía de defensa la hallarían en la declaración voluntaria sobre sus actividades de mayor impacto social. Así, los gigantes tipo Facebook o Google deberían informar periódicamente al público su papel en casos de ciberacoso, discursos del odio, abusos sexuales, o utilización de datos personales para campañas políticas. “Esa información debería ser pública”, insistió Harding, si esas grandes compañías desean evitar la ruptura de sus monopolios.
Harding sorprendió al afirmar que “nadie que pretenda ser serio debería preocuparse por las fake news”, que el ex director de The Times entre 2007 y 2012 definió como “historias falsas que aspiran a llegar al mayor número de lectores con la intención de obtener réditos financieros o políticos”. Así, titulares falsos como “el Papa se declara a favor de Donald Trump” son para Harding el equivalente al spam en los primeros tiempos del correo electrónico: un problema de fácil solución técnica. Sin embargo, Harding cree que el debate sobre las fake news está oscureciendo el verdadero problema: la propaganda. Los regímenes autoritarios como el ruso están invirtiendo millones y millones en los medios sociales para librar lo que ellos mismos definen como una “guerra de información”. Alrededor del mundo, la democracia está en retroceso, lamentó Harding. A su juicio, la Unión Europea debería castigar a aquellos países como Hungría que restringen la libertad de prensa.
En otra elocuente analogía, Harding identificó al periodismo tradicional con una orquesta que toca para una audiencia pasiva, comparándolo con el periodismo digital, que se parecería más a un festival de música en el que artistas y espectadores construyen juntos la experiencia resultante. Si la BBC no estuviera ya inventada, observó, hoy estaríamos debatiendo la creación de una BDC (British Digital Corporation) que alumbrara una especie de “public service networking”. De hecho, el que fuera corresponsal en Washinton D.C. para el Financial Times recordó la BBC fue creada en 1922 por el gobierno británico ante el temor de que la nueva tecnología del momento, la radiodifusión, cayera bajo el control de los magnates de la prensa. Su modelo es excepcional, apuntó Harding, ya que a diferencia de los servicios públicos de ratiotelevisión de la Europa continental su financiación es independiente de los impuestos tradicionales. La tasa que pagan los ciudadanos británicos ayuda a garantizar una independencia política sin parangón en el resto del continente.
Preguntado por si en estos tiempos post-Brexit no desearía más trabajar para un medio de comunicación partidista y emocional, Harding reconoció que “es mucho más divertido decirle a la gente lo que piensas”, pero “informar sobre la actualidad de manera imparcial tiene un mayor valor de servicio público”.
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jueves, enero 04, 2018
¿Merece la posverdad carta de novedad?
Para Lippmann la auténtica libertad de prensa no consistía en favorecer una pluralidad de opiniones en sus columnas, sino en proveer una información libre de injerencias o prejuicios sobre la que construir una opinión auténticamente libre. Lippmann pedía para la prensa una independencia de la opinión pública similar a la del poder judicial, al entender que lo popular y lo justo --o verdadero-- no van siempre de la mano. Como observa su biógrafo Ronald Steel, en Liberty and the News el periodista neoyorkino ve el problema desde un punto de vista mecánico (cómo hacer llegar hechos veraces al lector), pero en libros posteriores como Public Opinion (1922) o The Phantom Public (1925) Lippmann se torna en un demoescéptico muy en la línea de Ortega y Gasset, preguntándose si en realidad el problema es, más que mecánico, orgánico: ¿y si el público no quiere conocer la verdad?
Lippmann apuntaría así a un tema clásico de la psicología social: la auto-exposición selectiva a información congenial a nuestros prejuicios. En un contexto como el actual, en el que la prensa o los periodistas han perdido el monopolio en la mediación de los asuntos públicos, la creación de ‘echo chambers’ o ‘filter bubbles’ sería todavía más fácil gracias a los feeds de Facebook o Twitter, auténticos ‘daily me’. Es decir, el terreno para las noticias falsas estaría más abonado que nunca.
Es en este momento, en el que la prensa tradicional ya no es una Biblia de consulta diaria para el ciudadano, en el que se presenta el concepto de posverdad. Aunque los hackers y los bots rusos han contribuido a incrementar la sensación de contaminación informativa, el problema de la creación de bulos o mentiras públicas tiene infinidad de precedentes, algunos bien cercanos en el tiempo, como el de la creencia en la malignidad de las vacunas, que mereció un libro de Seth Mnookin en 2011, o la mentira gubernamental de las armas de destrucción masiva en Irak en 2003.
La posverdad vendría a unificar en su seno dos condiciones de cierta tradición: por una parte, la idea posmoderna de la verdad como una intersubjetividad legitimada por un acuerdo tácito entre las partes (lo que creemos que es verdad es verdad aunque no lo sea, no necesitamos un referente real de contraste); por otra, la sensación de escasa fiabilidad informativa que caracteriza a los regímenes totalitarios, en los que toda noticia se recibe con un halo de sospecha y escepticismo, ya que la superficie sobre la que se asienta el discurso público es tan inestable y movediza como la necesidad gubernamental de reescribir la historia para acomodarla al presente de interés.
La verdad histórica o factual, en palabras de la filósofa Hannah Arendt, necesita de un testimonio para ser comunicada y siempre es susceptible de ser manipulada u ocultada. A diferencia de la verdad axiomática de los teoremas matemáticos, que tienen validez universal y atemporal, las narrativas sobre lo que verdaderamente pasó el 23 de febrero de 1981 o el 13 de marzo de 2004 siempre dependerán del tipo de testimonio al que accedamos y, en muchos casos, jamás sabremos lo que realmente ocurrió. En una observación que se vería vindicada por los ‘alternative facts’ de Kellyanne Conway, Arendt apunta que las verdades factuales incómodas tienden a ser transformadas en opiniones. Así, el consenso científico sobre el cambio climático pasaría a ser una mera opinión.
Las noticias falsas y las mentiras públicas destinadas a legitimitar intervenciones militares no son, claro está, nuevas. Ahí está el estudio de Lippmann y Charles Merz sobre la cobertura del New York Times de la Revolución Rusa o el ‘yo pondré la guerra’ de Hearst con el hundimiento del Maine atribuído a los brutos españoles en 1898. Pero el éxito de la palabra posverdad podría deberse a que consigue encapsular el ‘zeitgeist’ del momento: nunca lo tuvimos tan fácil para construir un ‘daily me’ con las piezas que más nos convienen, y nunca estuvimos tan cerca en los países demo-liberales de los países totalitarios en la sospecha de que nada de lo que nos llega es fiable.
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martes, octubre 17, 2017
Fake news: ¿qué hay de nuevo?
[Publicado en La Revista de ACOP, 5 de septiembre de 2017]
Los orígenes del periodismo profesional que se enseña todavía en las escuelas y facultades de comunicación pueden localizarse en el libro Liberty and the news (1920), un compendio de artículos en el que Walter Lippmann daba cuenta de las manipulaciones sobre la Revolución Rusa de las que había sido víctima el New York Times. A partir de entonces Lippmann se convertiría en el adalid de la profesionalización del periodismo y en un demoescéptico muy en la línea de Ortega y Gasset: la democracia ponía demasiado poder en masas desinteresadas y desinformadas. El único antídoto era una prensa profesional dispuesta a comportarse como un ciudadano a tiempo completo.
En 2016, la elección de un presidente posmoderno en EE. UU. se atribuyó en gran medida a los medios sociales: Facebook y Twitter habrían posibilitado la efervescencia de burbujas de opinión receptoras de noticias falsas que a su vez habrían encumbrado a un showman misógino e histriónico como Donald Trump. Los medios tradicionales, en su mayoría adeptos a Hillary Clinton, habrían sufrido una palmaria derrota como formadores de opinión. De repente, los medios periodísticos ya no eran poderosos, sino demasiado débiles. Pese a ello, Trump cargará contra ellos tildándolos, irónicamente, de ‘fake news’.
Hay algo muy viejo y muy nuevo en relación a Trump y las fake news. Lo viejo es la fijación de los líderes populistas con la prensa. Ocurría en los tiempos de Hitler (en los que acuñó el término lügenpresse, la prensa mentirosa) y ocurre en América Latina desde hace décadas. Lo nuevo es la proliferación de noticias falsas en medios sociales que dan rienda suelta a las fantasías más perversas del electorado, confirmando sus prejuicios y sus temores más íntimos, desde la homosexualidad de un Obama secretamente musulmán a las relaciones incestuosas entre Macron y las hijas de su esposa. Lo gracioso es que los beneficiarios de estas noticias falsas, además de los candidatos insurgentes o populistas que ayudan a propagarlas, son un grupo de chavales macedonios que se sacan un sobresueldo mediante los clicks en la publicidad que rodea a sus febriles creaciones. Una paga extra que, gracias al quasi-monopolio que ejercen Google y Facebook sobre la publicidad online, reciben de estos gigantes californianos que, irónicamente, suelen apoyar a candidatos demócratas.
Quizá estemos, como dicen L. O. Sauerberg y T. Pettitt de la University of Southern Denmark, ante el cierre del paréntesis que la imprenta de Gutenberg abrió alrededor del año 1.500. Los medios sociales nos traerían un revival de muchas de las características de la llamada “Primera Oralidad”: las noticias se entremezclan, se recomponen gracias a actores anónimos y nos llegan con cierto halo de sospecha. Las agresivas campañas del New York Times y el Washington Post para convertirnos en suscriptores no serían más que los estertores de ese periodismo profesional que se consolidó en la última fase de la era Gutenberg. En esta “Segunda Oralidad”, en la que el foro de referencia son las redes sociales y no los medios periodísticos, todos seríamos más susceptibles de creer rumores congeniales a nuestros prejuicios.
La era de los medios de masas, con su poder casi omnímodo y su proclividad a favorecer el establishment, no parece muy apetecible a las generaciones de nativos digitales. Pero las encuestas nos dicen que los jóvenes todavía acuden a los medios de referencia para confirmar lo que les sorprende en las redes sociales. Mientras cerramos el paréntesis de Gutenberg, seguimos recreando eternos debates filosóficos: ¿qué es la verdad?, ¿cómo podemos conocerla?, ¿de quién nos podemos fiar?, ¿cómo saber si estamos siendo engañados?, ¿puede la democracia sobrevivir en la segunda oralidad de los medios sociales?
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Los orígenes del periodismo profesional que se enseña todavía en las escuelas y facultades de comunicación pueden localizarse en el libro Liberty and the news (1920), un compendio de artículos en el que Walter Lippmann daba cuenta de las manipulaciones sobre la Revolución Rusa de las que había sido víctima el New York Times. A partir de entonces Lippmann se convertiría en el adalid de la profesionalización del periodismo y en un demoescéptico muy en la línea de Ortega y Gasset: la democracia ponía demasiado poder en masas desinteresadas y desinformadas. El único antídoto era una prensa profesional dispuesta a comportarse como un ciudadano a tiempo completo.
En 2016, la elección de un presidente posmoderno en EE. UU. se atribuyó en gran medida a los medios sociales: Facebook y Twitter habrían posibilitado la efervescencia de burbujas de opinión receptoras de noticias falsas que a su vez habrían encumbrado a un showman misógino e histriónico como Donald Trump. Los medios tradicionales, en su mayoría adeptos a Hillary Clinton, habrían sufrido una palmaria derrota como formadores de opinión. De repente, los medios periodísticos ya no eran poderosos, sino demasiado débiles. Pese a ello, Trump cargará contra ellos tildándolos, irónicamente, de ‘fake news’.
Hay algo muy viejo y muy nuevo en relación a Trump y las fake news. Lo viejo es la fijación de los líderes populistas con la prensa. Ocurría en los tiempos de Hitler (en los que acuñó el término lügenpresse, la prensa mentirosa) y ocurre en América Latina desde hace décadas. Lo nuevo es la proliferación de noticias falsas en medios sociales que dan rienda suelta a las fantasías más perversas del electorado, confirmando sus prejuicios y sus temores más íntimos, desde la homosexualidad de un Obama secretamente musulmán a las relaciones incestuosas entre Macron y las hijas de su esposa. Lo gracioso es que los beneficiarios de estas noticias falsas, además de los candidatos insurgentes o populistas que ayudan a propagarlas, son un grupo de chavales macedonios que se sacan un sobresueldo mediante los clicks en la publicidad que rodea a sus febriles creaciones. Una paga extra que, gracias al quasi-monopolio que ejercen Google y Facebook sobre la publicidad online, reciben de estos gigantes californianos que, irónicamente, suelen apoyar a candidatos demócratas.
Quizá estemos, como dicen L. O. Sauerberg y T. Pettitt de la University of Southern Denmark, ante el cierre del paréntesis que la imprenta de Gutenberg abrió alrededor del año 1.500. Los medios sociales nos traerían un revival de muchas de las características de la llamada “Primera Oralidad”: las noticias se entremezclan, se recomponen gracias a actores anónimos y nos llegan con cierto halo de sospecha. Las agresivas campañas del New York Times y el Washington Post para convertirnos en suscriptores no serían más que los estertores de ese periodismo profesional que se consolidó en la última fase de la era Gutenberg. En esta “Segunda Oralidad”, en la que el foro de referencia son las redes sociales y no los medios periodísticos, todos seríamos más susceptibles de creer rumores congeniales a nuestros prejuicios.
La era de los medios de masas, con su poder casi omnímodo y su proclividad a favorecer el establishment, no parece muy apetecible a las generaciones de nativos digitales. Pero las encuestas nos dicen que los jóvenes todavía acuden a los medios de referencia para confirmar lo que les sorprende en las redes sociales. Mientras cerramos el paréntesis de Gutenberg, seguimos recreando eternos debates filosóficos: ¿qué es la verdad?, ¿cómo podemos conocerla?, ¿de quién nos podemos fiar?, ¿cómo saber si estamos siendo engañados?, ¿puede la democracia sobrevivir en la segunda oralidad de los medios sociales?
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miércoles, mayo 10, 2017
Ni contigo ni sin ti: de cómo los nuevos actores políticos están redefiniendo la mediatización
Uno de los paradigmas dominantes en el estudio de la relación entre medios y poder, el de la mediatización de la política, otorga a los medios un papel central, ya que éstos vendrían a someter a la política a su lógica, provocando la simplificación de los discursos y la claudicación de los electos, siempre pendientes de adaptarse a las rutinas periodísticas. El profesor de la Universitat Jaume I (UJI) Andreu Casero-Ripollés, uno de los académicos españoles más destacados en el campo de la comunicación política, sostuvo en un seminario de doctorado de la Universidad Carlos III celebrado el miércoles 10 de mayo de 2017 que los actores políticos insurgentes están transformando, gracias a los medios sociales, dicho paradigma. Más que una desmediatización, se produciría una redefinición de la mediatización: los medios seguirían siendo centrales, pero su poder se vería reducido en virtud de dos procesos complementarios: la subversión de la mediatización (con los actores políticos sometiendo a los periodistas a su modus operandi) y la mediatización de doble vía (con los actores políticos, no solo los medios, introduciendo lógicas mediáticas en la política).
Según Casero-Ripollés, en la mediatización de doble vía se produce un cambio en la concepción de la comunicación por parte de los nuevos actores políticos, sean éstos movimientos sociales o partidos insurgentes: ya no se trata solo de encontrar la manera de comunicar un ideario político, sino que la comunicación pasa a concebirse “como la columna vertebral del proyecto político”, afectando a la propia organización del partido. “El proyecto político es también comunicativo, plantean una visión holística del papel de la comunicación en relación a la acción del partido”, a decir de Casero-Ripollés. Así, los actores políticos, y no solamente los medios o los periodistas, impulsarían la mediatización de la política.
La doble vía, afirma el investigador de la UJI, se puede rastrear a tres niveles: 1) el nivel macro, con un estilo populista de comunicación política, aprovechando los marcos interpretativos favorecidos por la crisis (miedo/esperanza); 2) el nivel meso, con los políticos hackeando los medios aprovechándose de sus propias reglas (sería el caso de Pablo Iglesias irrumpiendo en las tertulias televisivas) o con la incorporación de los fans/ciudadanos a la circulación del mensaje en redes sociales; 3) el nivel micro, con nuevos “liderazgos políticos híbridos”, conscientes del papel de los medios en la socialización de la política y de la importancia de acuñar catch-all frames que aglutinen bajo expresiones de significado amplio (‘indignación’, ‘casta’, ‘trama’) las más dispares reivindicaciones ciudadanas.
La subversión de la lógica de los medios por parte de los activistas, el segundo de los modos en los que se redefine la mediatización, supone un cambio de concepción de los medios por parte de los movimientos sociales: pasarían de ser “enemigos” a “fuentes a las que influir”. Es decir, lejos de someterse a la lógica mediática, los actores políticos insurgentes plantearán un nuevo marco de relaciones con los medios que obligue a los periodistas a bailar a su ritmo, subvirtiendo así el modus operandi de los medios.
En casos como el 15-M, la subversión de la media logic se articuló en torno a tres dimensiones, según Casero-Ripollés. En primer lugar, a través de la despersonalización: ya no hay un único portavoz, los líderes no son claramente identificables desde el exterior. En segundo lugar, a través de una ruptura de las rutinas periodísticas, obligando a los reporteros a escuchar interminables asambleas ciudadanas o a peinar las redes sociales en busca de equivalentes a declaraciones. El culmen de la subversión vendría con el redireccionamiento del proverbial agenda-setting, que no situaría a los medios como definidores de la agenda de temas públicos, sino como receptores de una agenda cuyos temas se establecerían a través de la viralización en redes sociales de ‘trending topics’.
La redefinición del paradigma de la mediatización, impulsada por actores marginales, acabaría influyendo en los agentes institucionales, sugiere Casero-Ripollés. Los partidos políticos pasarían a ser organizaciones híbridas que adoptarían prácticas comunicativas propias de los movimientos sociales.
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Según Casero-Ripollés, en la mediatización de doble vía se produce un cambio en la concepción de la comunicación por parte de los nuevos actores políticos, sean éstos movimientos sociales o partidos insurgentes: ya no se trata solo de encontrar la manera de comunicar un ideario político, sino que la comunicación pasa a concebirse “como la columna vertebral del proyecto político”, afectando a la propia organización del partido. “El proyecto político es también comunicativo, plantean una visión holística del papel de la comunicación en relación a la acción del partido”, a decir de Casero-Ripollés. Así, los actores políticos, y no solamente los medios o los periodistas, impulsarían la mediatización de la política.
La doble vía, afirma el investigador de la UJI, se puede rastrear a tres niveles: 1) el nivel macro, con un estilo populista de comunicación política, aprovechando los marcos interpretativos favorecidos por la crisis (miedo/esperanza); 2) el nivel meso, con los políticos hackeando los medios aprovechándose de sus propias reglas (sería el caso de Pablo Iglesias irrumpiendo en las tertulias televisivas) o con la incorporación de los fans/ciudadanos a la circulación del mensaje en redes sociales; 3) el nivel micro, con nuevos “liderazgos políticos híbridos”, conscientes del papel de los medios en la socialización de la política y de la importancia de acuñar catch-all frames que aglutinen bajo expresiones de significado amplio (‘indignación’, ‘casta’, ‘trama’) las más dispares reivindicaciones ciudadanas.
La subversión de la lógica de los medios por parte de los activistas, el segundo de los modos en los que se redefine la mediatización, supone un cambio de concepción de los medios por parte de los movimientos sociales: pasarían de ser “enemigos” a “fuentes a las que influir”. Es decir, lejos de someterse a la lógica mediática, los actores políticos insurgentes plantearán un nuevo marco de relaciones con los medios que obligue a los periodistas a bailar a su ritmo, subvirtiendo así el modus operandi de los medios.
En casos como el 15-M, la subversión de la media logic se articuló en torno a tres dimensiones, según Casero-Ripollés. En primer lugar, a través de la despersonalización: ya no hay un único portavoz, los líderes no son claramente identificables desde el exterior. En segundo lugar, a través de una ruptura de las rutinas periodísticas, obligando a los reporteros a escuchar interminables asambleas ciudadanas o a peinar las redes sociales en busca de equivalentes a declaraciones. El culmen de la subversión vendría con el redireccionamiento del proverbial agenda-setting, que no situaría a los medios como definidores de la agenda de temas públicos, sino como receptores de una agenda cuyos temas se establecerían a través de la viralización en redes sociales de ‘trending topics’.
La redefinición del paradigma de la mediatización, impulsada por actores marginales, acabaría influyendo en los agentes institucionales, sugiere Casero-Ripollés. Los partidos políticos pasarían a ser organizaciones híbridas que adoptarían prácticas comunicativas propias de los movimientos sociales.
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martes, abril 18, 2017
Jorge Carrión: la telerrealidad y las series como alternativa narrativa al periodismo
La representación de la realidad en el siglo XXI está anclada en los patrones del realismo literario del siglo XIX, del que beben el periodismo y el documental audiovisual. Sin embargo, a decir del escritor y periodista Jorge Carrión, la realidad actual se parece más a los vídeo-juegos en red en los que el relato se construye entre todos los jugadores, o a las series de televisión corales como The Wire o Juego de Tronos, en las que no hay un único protagonista. El realismo literario sigue triunfando como técnica narrativa porque, según Carrión, “cumple una función de alivio colectivo: nos hace creer que nada ha cambiado, que el mundo se puede seguir contando como siempre se ha contado”.
Sin embargo, siguiendo al filósofo francés Éric Sadin, autor del ensayo La humanidad aumentada: la administración digital del mundo (Caja Negra Editora, 2017), Carrión cree que la era del ser humano analógico ha terminado. El smartphone es ya, parafraseando a McLuhan, una extensión de nuestro propio cuerpo, una extremidad más. “El píxel es cada vez más real”, sostiene Carrión, “y la realidad está cada vez más pixelada; somos cada vez más cíborgs”.
En una charla enmarcada dentro de las actividades públicas del Máster en Guion de cine y TV de la Universidad Carlos III de Madrid, Carrión trató de responder a una de las preguntas de la audiencia: “¿Cómo escribirías narrando lo real con un lenguaje contemporáneo? ¿En forma de wasap? ¿En forma de tuits?” Carrión reconoce que, a día de hoy, es difícil contar una historia de amor sin el wasap. “El narrador omnisciente del siglo XXI ya no sería un autor sabelotodo… sino la máquina, como ocurre en la serie Person of Interest”.
A decir de Carrión, el momento de ‘giro narrativo’ mediante el cual el realismo literario del siglo XIX entra en crisis se produce en 1999. En ese año coinciden dos estrenos clave: la primera temporada de Gran Hermano (Big Brother), que inaugura el género de la telerrealidad, y la primeras temporadas de Los Soprano (The Sopranos) y El Ala Oeste de la Casa Blanca (The West Wing), que preconizan el éxito de las series de televisión como formato audiovisual. “En Gran Hermano vemos cómo la realidad se organiza de una manera discursiva nueva: los guionistas han de anotar los momentos susceptibles de convertirse en piezas de una narración dramática”, apunta Carrión. “Las series de televisión provocan un cambio significativo en el modo de representar y percibir la realidad”, ya que empiezan a comentar y dramatizar acontecimientos coetáneos, de manera que acaban influyendo en la propia realidad que ficcionan. “Ocupan, de alguna manera, el lugar del periodismo”, sentencia Carrión.
La telerrealidad y las series de televisión, por lo tanto, han cambiado nuestro modo de percibir y representar lo real, el ‘realismo’. El realismo literario del siglo XIX, ligado a las teorías darwinistas de la evolución y al positivismo científico, aparece de la mano de escritores que triunfan en el mundo de la novela y el periodismo, como Charles Dickens, Dostoievski, Pérez Galdós o Pardo Bazán. Aunque se mantiene como ideal narrativo aún hoy en día, es “anacrónico”, afirma Carrión: “el mundo nuestro de cada día se parece cada vez más a la película Matrix”, con humanos hiper-conectados entre sí con máquinas. El big data, la inteligencia artificial y la perspectiva cenital de los drones se combinan para convertirse en el nuevo narrador omnisciente del siglo XXI.
En un pensamiento en alto que podría constituir el embrión de una próxima novela, Carrión dejó caer que “las máquinas podrían estar ya buscando los argumentos para justificar nuestro exterminio”, de manera análoga a como hizo el colonizador occidental decimonónico con los indígenas, blandiendo la Biblia o las teorías de la superioridad racial para exterminar las poblaciones locales e imponer su linaje.
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Sin embargo, siguiendo al filósofo francés Éric Sadin, autor del ensayo La humanidad aumentada: la administración digital del mundo (Caja Negra Editora, 2017), Carrión cree que la era del ser humano analógico ha terminado. El smartphone es ya, parafraseando a McLuhan, una extensión de nuestro propio cuerpo, una extremidad más. “El píxel es cada vez más real”, sostiene Carrión, “y la realidad está cada vez más pixelada; somos cada vez más cíborgs”.
En una charla enmarcada dentro de las actividades públicas del Máster en Guion de cine y TV de la Universidad Carlos III de Madrid, Carrión trató de responder a una de las preguntas de la audiencia: “¿Cómo escribirías narrando lo real con un lenguaje contemporáneo? ¿En forma de wasap? ¿En forma de tuits?” Carrión reconoce que, a día de hoy, es difícil contar una historia de amor sin el wasap. “El narrador omnisciente del siglo XXI ya no sería un autor sabelotodo… sino la máquina, como ocurre en la serie Person of Interest”.
A decir de Carrión, el momento de ‘giro narrativo’ mediante el cual el realismo literario del siglo XIX entra en crisis se produce en 1999. En ese año coinciden dos estrenos clave: la primera temporada de Gran Hermano (Big Brother), que inaugura el género de la telerrealidad, y la primeras temporadas de Los Soprano (The Sopranos) y El Ala Oeste de la Casa Blanca (The West Wing), que preconizan el éxito de las series de televisión como formato audiovisual. “En Gran Hermano vemos cómo la realidad se organiza de una manera discursiva nueva: los guionistas han de anotar los momentos susceptibles de convertirse en piezas de una narración dramática”, apunta Carrión. “Las series de televisión provocan un cambio significativo en el modo de representar y percibir la realidad”, ya que empiezan a comentar y dramatizar acontecimientos coetáneos, de manera que acaban influyendo en la propia realidad que ficcionan. “Ocupan, de alguna manera, el lugar del periodismo”, sentencia Carrión.
La telerrealidad y las series de televisión, por lo tanto, han cambiado nuestro modo de percibir y representar lo real, el ‘realismo’. El realismo literario del siglo XIX, ligado a las teorías darwinistas de la evolución y al positivismo científico, aparece de la mano de escritores que triunfan en el mundo de la novela y el periodismo, como Charles Dickens, Dostoievski, Pérez Galdós o Pardo Bazán. Aunque se mantiene como ideal narrativo aún hoy en día, es “anacrónico”, afirma Carrión: “el mundo nuestro de cada día se parece cada vez más a la película Matrix”, con humanos hiper-conectados entre sí con máquinas. El big data, la inteligencia artificial y la perspectiva cenital de los drones se combinan para convertirse en el nuevo narrador omnisciente del siglo XXI.
En un pensamiento en alto que podría constituir el embrión de una próxima novela, Carrión dejó caer que “las máquinas podrían estar ya buscando los argumentos para justificar nuestro exterminio”, de manera análoga a como hizo el colonizador occidental decimonónico con los indígenas, blandiendo la Biblia o las teorías de la superioridad racial para exterminar las poblaciones locales e imponer su linaje.
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martes, marzo 28, 2017
La nueva misión de Felipe: resetear la socialdemocracia
La presentación este martes 28 de marzo del libro ¿Quién manda aquí? (Debate, 2017), una colección de ensayos sobre los desafíos de la globalización a la democracia representativa, ha sido el primer acto público de la Fundación Felipe González, promotara del libro y depositaria del archivo del ex presidente español. En un debate en el que participaron el propio González y los politólogos José Fernández-Albertos y Alberto Penadés, moderados por la consultora política Inma Aguilar y el politólogo-periodista José Ignacio Torreblanca, el histórico líder socialdemócrata abogó por “resetear la socialdemocracia” preservando “sus valores y su relato histórico”. Porque, como el mismo Felipe González declaraba en el vídeo promocional que antecedió al coloquio, la socialdemocracia “está fallando” justo en un momento en el que “la lucha contra la desigualdad es más necesaria en Europa y en el mundo”.
Según González, la democracia representativa está recibiendo impactos del exterior y sufriendo a la vez grietas internas. La revolución tecnológica y de las comunicaciones, la globalización económica y la supranacionalidad (“esto nos viene de fuera”; “esto es imposible porque no lo permiten los mercados”) se combinan con “problemas internos de los gobiernos”, que se han vuelto más “impredecibles” e “ineficientes”, “poco transparentes” y “con más dificultades para ser incluyentes”. No obstante, el ex presidente español advirtió que, pese a ser “superior al resto de los esayos gubernamentales” por su capacidad para facilitar la evacuación de gobiernos que han perdido el favor de la ciudadanía, la democracia representativa “no garantiza el buen gobierno”. Según González, en América Latina se está perdiendo fe en la democracia representativa porque “se ha vendido el producto ‘democracia’ como la solución a los problemas, cuando es solo un método de gobierno”.
La discusión del famoso trilema de Rodrik, sobre la imposibilidad de combinar a un tiempo globalización económica, democracia y estados nación, dio pie a hablar de la Unión Europea, definida por González como “un instrumento de gobernanza parcial de la globalización” cuya gran virtud sería la economía social de mercado, a la que según el ex presidente español los propios líderes europeos han renunciado al olvidarse de su componente social. En vísperas de la activación del Brexit, González quiso darle la vuelta al argumento de la presunta ineficiencia de la Unión Europea, que con el 8% de la población mundial produce el 20% de la riqueza global pero consume el 50% del gasto social. Para el ex presidente español es precisamente por gastar el 50% de la inversión mundial en asistencia social que Europa puede producir el 20% de la riqueza global siendo solo el 8% de la población de la Tierra.
Ante las demandas de mayor participación democrática, González apuntó que también se puede morir de tanto input popular. Tal sería el caso del estado de California, en el que los sucesivos referendos dan lugar a una especie de wishful thinking colectivo, en el que se demandan más y más servicios sin pensar en su coste. De ahí, según el ex presidente español, que California sea un estado fallido, en quiebra fiscal, pese a ser uno de los estados punteros en tecnología. González se refirió con sorna al referéndum de la OTAN: “Yo hice un referéndum, me arrepiento de hacerlo, y para colmo lo gané”, sentenció. Conviene recordar a los lectores más jóvenes que el PSOE se opuso a la entrada en la Alianza Atlántica y luego acabó pidiendo el voto para el ingreso en la misma en una arriesgada consulta popular.
Preguntado por José Ignacio Torreblanca por el desafío de los robots y la automatización para el empleo, Felipe González equiparó nuestros miedos con los de los luditas que se oponían al primer maquinismo. Es más, los robots podrían ser una innovación positiva, ya que nos liberarían de la alienación laboral de la era industrial. “Podríamos volver a ser pastores, pastores de máquinas, recuperando la dignidad que nos robó el trabajo en cadena”.
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Según González, la democracia representativa está recibiendo impactos del exterior y sufriendo a la vez grietas internas. La revolución tecnológica y de las comunicaciones, la globalización económica y la supranacionalidad (“esto nos viene de fuera”; “esto es imposible porque no lo permiten los mercados”) se combinan con “problemas internos de los gobiernos”, que se han vuelto más “impredecibles” e “ineficientes”, “poco transparentes” y “con más dificultades para ser incluyentes”. No obstante, el ex presidente español advirtió que, pese a ser “superior al resto de los esayos gubernamentales” por su capacidad para facilitar la evacuación de gobiernos que han perdido el favor de la ciudadanía, la democracia representativa “no garantiza el buen gobierno”. Según González, en América Latina se está perdiendo fe en la democracia representativa porque “se ha vendido el producto ‘democracia’ como la solución a los problemas, cuando es solo un método de gobierno”.
La discusión del famoso trilema de Rodrik, sobre la imposibilidad de combinar a un tiempo globalización económica, democracia y estados nación, dio pie a hablar de la Unión Europea, definida por González como “un instrumento de gobernanza parcial de la globalización” cuya gran virtud sería la economía social de mercado, a la que según el ex presidente español los propios líderes europeos han renunciado al olvidarse de su componente social. En vísperas de la activación del Brexit, González quiso darle la vuelta al argumento de la presunta ineficiencia de la Unión Europea, que con el 8% de la población mundial produce el 20% de la riqueza global pero consume el 50% del gasto social. Para el ex presidente español es precisamente por gastar el 50% de la inversión mundial en asistencia social que Europa puede producir el 20% de la riqueza global siendo solo el 8% de la población de la Tierra.
Ante las demandas de mayor participación democrática, González apuntó que también se puede morir de tanto input popular. Tal sería el caso del estado de California, en el que los sucesivos referendos dan lugar a una especie de wishful thinking colectivo, en el que se demandan más y más servicios sin pensar en su coste. De ahí, según el ex presidente español, que California sea un estado fallido, en quiebra fiscal, pese a ser uno de los estados punteros en tecnología. González se refirió con sorna al referéndum de la OTAN: “Yo hice un referéndum, me arrepiento de hacerlo, y para colmo lo gané”, sentenció. Conviene recordar a los lectores más jóvenes que el PSOE se opuso a la entrada en la Alianza Atlántica y luego acabó pidiendo el voto para el ingreso en la misma en una arriesgada consulta popular.
Preguntado por José Ignacio Torreblanca por el desafío de los robots y la automatización para el empleo, Felipe González equiparó nuestros miedos con los de los luditas que se oponían al primer maquinismo. Es más, los robots podrían ser una innovación positiva, ya que nos liberarían de la alienación laboral de la era industrial. “Podríamos volver a ser pastores, pastores de máquinas, recuperando la dignidad que nos robó el trabajo en cadena”.
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lunes, marzo 27, 2017
El poder de la otra mitad: ¿sigue habiendo un segundo sexo en política?
La brecha salarial entre hombres y mujeres continúa; el parlamento medio europeo registra una mayoría de hasta dos tercios de hombres; las mujeres tienen menos visibilidad como fuentes en los medios (un 70% son hombres) y todavía se las encuadra en nichos especializados de política presuntamente ‘femenina’, como los asuntos sociales o la familia. Sin embargo, algo se está moviendo: la mayor independencia económica garantizada por la formación hace que el matrimonio sea una elección y no una vía de supervivencia para las mujeres. Ello puede explicar el imparable aumento de mujeres solteras, que comparadas a sus homólogos masculinos obtienen más préstamos hipotecarios, lo que evidencia su mayor solvencia económica. Esto, unido al hecho de que en 2010 las mujeres llegaron a ser la mayoría de la fuerza laboral en EE.UU., llevó a algunas comentaristas como Hanna Rosin a celebrar el fin del patriarcado con libros como The end of men (Riverhead Books, 2012).
Semejante triunfalismo se antoja todavía exagerado. Si bien ser mujer es un plus para hipotecarse, no lo es a la hora de hacer carrera política. En sus cursos de formación a candidatos a lo largo y ancho de América Latina, la consultora política e investigadora académica Virginia García Beaudoux se dio cuenta de que todo era mucho más difícil por el mero hecho de ser mujer. Esas dificultades extra la animaron a escribir el libro ¿Quién teme el poder de las mujeres? (Madrid, Grupo 5, 2017), que lleva por subtítulo la sugerente frase Bailar hacia atrás con tacones altos. Con ella quiere indicar que para una mujer hacer lo mismo que cualquier hombre requiere destrezas mayores: “Fred Astair y Ginger Rogers bailaban sobre el mismo suelo, pero para Rogers bailar implicaba una dificultad extra, la de moverse hacia atrás con tacones altos”, explicó Beaudoux durante la presentación de su libro en la Casa del Lector en Madrid el pasado 14 de marzo de 2017.
La desigualdad de sexos en política es evidente: las mujeres son la mitad de la población, pero no ocupan la mitad de las posiciones de liderazgo. Como recuerda Beaudoux, en las reuniones de Davos el 85% de los líderes son hombres; en Latinoamérica, las mujeres son la mitad de los militantes de los partidos, pero solo 2 de cada 10 llegan a ser líderes de sus formaciones. Las mujeres siguen siendo minoría en los parlamentos (22% de los representantes) y en los gobiernos (17% de los ministros). Además, para las mujeres el éxito político parece conseguirse a costa del personal. Según datos de Beaudoux, en España el porcentaje de ministros sin hijos es del 9%, mientras que la proporción de ministras sin descendencia se eleva al 45%. Además de romper techos de cristal, las mujeres deben caminar sobre los llamados ‘suelos pegajosos’.
Cuando se aventuran a una carrera política, las mujeres han de enfrentarse a los consabidos estereotipos de género, definidos por Beaudoux como “creencias sociales aprendidas de lo que es propio o natural de las mujeres y hombres”. Así, se les preguntará siempre por su papel como madres (o abuelas); se las considerará mandonas y autoritarias si manifiestan un mínimo de asertividad; y recibirán críticas y comentarios relacionados con su apariencia física y vestuario. Una gran desventaja para las mujeres, ya que la investigación demuestra que cuando los medios prestan atención a la indumentaria de una candidata, baja la percepción social de su competencia política, según Beaudoux.
Cuando se aventuran a una carrera política, las mujeres han de enfrentarse a los consabidos estereotipos de género, definidos por Beaudoux como “creencias sociales aprendidas de lo que es propio o natural de las mujeres y hombres”. Así, se les preguntará siempre por su papel como madres (o abuelas); se las considerará mandonas y autoritarias si manifiestan un mínimo de asertividad; y recibirán críticas y comentarios relacionados con su apariencia física y vestuario. Una gran desventaja para las mujeres, ya que la investigación demuestra que cuando los medios prestan atención a la indumentaria de una candidata, baja la percepción social de su competencia política, según Beaudoux.
La situación en países como Suecia u Holanda, teóricos paraísos de la igualdad, resulta un tanto engañosa. Aunque haya casi paridad numérica en los parlamentos (se ha rozado un 40% de mujeres diputadas en los Países Bajos), todavía hay pocas mujeres liderando partidos o comisiones clave. Además, ni Suecia ni Holanda han disfrutado de primeras ministras todavía. Aún en este contexto más igualitario, los estereotipos persisten: los medios también se fijan en sus trajes. Se da lo que Beaudoux llama un ‘techo de Nirvana’: la falsa ilusión de que la igualdad ha llegado hace que no se hable más sobre el tema, como si el debate sobre la igualdad fuese ya una cosa del pasado.
Beaudoux no se limita al diagnóstico y ofrece soluciones, iniciativas internacionales de las que ha participado y que persiguen el objetivo de nivelar el terreno de juego para las mujeres. A saber:
Por extraño que resulte, según Beaudoux las mujeres de ahora se sienten más solas que las de generaciones anteriores. La autora apunta dos razones: 1) se cree que el problema de la igualdad ya se resolvió, por lo que cualquier problema en este sentido se ve como algo individual y no social; 2) se han desarticulado los espacios de reunión de las mujeres.
Beaudoux no se limita al diagnóstico y ofrece soluciones, iniciativas internacionales de las que ha participado y que persiguen el objetivo de nivelar el terreno de juego para las mujeres. A saber:
- Academias de candidatas y escuelas de parlamentarias
- Seminarios de sensibilización para periodistas y medios, del que ya ha emergido un decálogo de recomendaciones.
- Impulso de redes de mentoras, como las redes interparlamentarias de mujeres, en las que las diputadas se apoyan entre sí independientemente de sus filiaciones ideológicas y partidarias.
- Políticas públicas para favorecer la corresponsabilidad doméstica.
- Apuesta fuerte por la educación: las mujeres sin educación, si se las considerase todas juntas, constituirían el décimo país del mundo más poblado.
Por extraño que resulte, según Beaudoux las mujeres de ahora se sienten más solas que las de generaciones anteriores. La autora apunta dos razones: 1) se cree que el problema de la igualdad ya se resolvió, por lo que cualquier problema en este sentido se ve como algo individual y no social; 2) se han desarticulado los espacios de reunión de las mujeres.
Beaudoux animó a vencer los estereotipos de género de los que también son presas las mujeres, como aquél que reza que las mujeres son para sí sus peores enemigas, ya que compiten entre sí. “La competencia y el liderazgo no son rasgos masculinos; son facetas humanas”, apunta Beaudoux, de ahí que la feminización de la política sea en realidad una humanización de la política.
Womencompol, el lugar de encuentro
El 16 de marzo de 2017 se presentaba en el auditorio de la Universidad Camilo José Cela en Madrid la plataforma Womencompol, que pretende servir como lugar de encuentro para las consultoras de comunicación política e institucional. Diana Rubio, Elena Barrios, Ana Cabrera y Mar Vázquez Lorca, fundadoras de la plataforma, oficiaron como anfitrionas de un foro de debate que se abrió con una conferencia de Yurdana Burgoa, directora de gabinete y de comunicación del Departamento de Hacienda y Economía en el Gobierno Vasco, además de miembro del consejo directivo de la Asociación de Comunicación Política (ACOP). Burgoa insistió en que la clave de una buena comunicación política es “una buena escucha”, tanto interna (los consejeros y departamentos del gobierno), como externa, a través de encuestas, medios de comunicación, redes sociales y ciudadanos de a pie. A su juicio, las mujeres aportan a la política intuición, respeto al diferente, confianza y lealtad, pero el objetivo no es llegar a ser hombres.
Las profesionales de la comunicación política Miljana Micovic, Gabriela Ortega y Begoña Fernández compartieron en un animado debate los estereotipos de género en los medios, la extraña desconfianza que sienten algunas mujeres a la hora de votar a candidatos de su mismo sexo, o el tono paternalista que manifiestan todavía algunos hombres en las mesas de negociación.
El foro se cerró con un coloquio entre la consultora Ángela Paloma Martín y la referida consultora y académica Virginia García Beaudoux. En opinión de Martín, las mujeres en política “somos más prudentes, leemos más, estudiamos más y hablamos más entre nosotras”. Beaudoux animó a las candidatas a evitar los estereotipos de género en sus propios perfiles de Twitter. No está mal decir que una es “una orgullosa madre de cuatro hijos”, pero no tiene por qué ser lo primero que se diga.
Para saber más:
Womencompol, el lugar de encuentro
El 16 de marzo de 2017 se presentaba en el auditorio de la Universidad Camilo José Cela en Madrid la plataforma Womencompol, que pretende servir como lugar de encuentro para las consultoras de comunicación política e institucional. Diana Rubio, Elena Barrios, Ana Cabrera y Mar Vázquez Lorca, fundadoras de la plataforma, oficiaron como anfitrionas de un foro de debate que se abrió con una conferencia de Yurdana Burgoa, directora de gabinete y de comunicación del Departamento de Hacienda y Economía en el Gobierno Vasco, además de miembro del consejo directivo de la Asociación de Comunicación Política (ACOP). Burgoa insistió en que la clave de una buena comunicación política es “una buena escucha”, tanto interna (los consejeros y departamentos del gobierno), como externa, a través de encuestas, medios de comunicación, redes sociales y ciudadanos de a pie. A su juicio, las mujeres aportan a la política intuición, respeto al diferente, confianza y lealtad, pero el objetivo no es llegar a ser hombres.
Las profesionales de la comunicación política Miljana Micovic, Gabriela Ortega y Begoña Fernández compartieron en un animado debate los estereotipos de género en los medios, la extraña desconfianza que sienten algunas mujeres a la hora de votar a candidatos de su mismo sexo, o el tono paternalista que manifiestan todavía algunos hombres en las mesas de negociación.
El foro se cerró con un coloquio entre la consultora Ángela Paloma Martín y la referida consultora y académica Virginia García Beaudoux. En opinión de Martín, las mujeres en política “somos más prudentes, leemos más, estudiamos más y hablamos más entre nosotras”. Beaudoux animó a las candidatas a evitar los estereotipos de género en sus propios perfiles de Twitter. No está mal decir que una es “una orgullosa madre de cuatro hijos”, pero no tiene por qué ser lo primero que se diga.
Para saber más:
Webs:
Libros:
- Womencompol: http://womencompol.com
- Name it, Change it: http://www.nameitchangeit.org
- Women’s Caucus (Congreso USA): http://www.womenspolicy.org/our-work/the-womens-caucus/
- European Union Women Caucus: http://www.womencaucus.eu
- Women in Parliaments Global Forum: https://www.womenpoliticalleaders.org
Libros:
- García Beaudoux, V. (2017), ¿Quién teme el poder de las mujeres?: Bailar hacia atrás con tacones altos. Madrid: Grupo 5.
- Lombardo, E. y Meier, P. (2016), The symbolic representation of gender: A discursive approach. Londres: Routledge.
- Rosin, H. (2012), The end of men. Nueva York: Riverhead Books.
- Thames, F.C. y Williams, M.S. (2015), Contagious representation: Women’s political representation in democracies around the world. Nueva York: NYU Press.
- Traister, R. (2016), All the single ladies: Unmarried women and the rise of an independent nation. Nueva York: Simon & Schuster.
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martes, diciembre 06, 2016
10 tendencias en la investigación en comunicación política para 2017
Publicado en La Revista de ACOP, Núm. 11, Diciembre de 2016
1.- Populismo
Dada la íntima imbricación entre liderazgo carismático, movilización popular y comunicación de masas (bien sea a través de medios tradicionales o los social media), la investigación sobre el populismo ha emergido como uno de los temas clave para los investigadores. Al populismo se lo define de tres maneras: como ideología blanda (los de abajo contra los de arriba), como estilo de comunicación (un lenguaje llano, una aproximación al ciudadano medio, alejado de guiños intelectuales) y como estrategia para llegar al poder, especialmente en momentos de crisis sistémica: se agregan las distintas demandas sociales bajo un mismo paraguas y un mismo líder. Esta última sería la deficinión de Laclau que abiertamente profesan los líderes de Podemos en España. Un libro reciente de referencia sería Populist political communication in Europe, coordinador por Toril Aalberg, Frank Esser y Carsten Reinemann y editado por Routledge en julio de 2016.
2.- Periodismo por otros medios: Podcasting y documentales
Decía Robert Redford hace unos años que los documentales estaban haciendo el periodismo que ya no cabía o que no se atrevían a hacer los medios tradicionales. Esa tendencia iniciada por Michael Moore hacia un documentalismo desvergonzadamente activista y partidista ha continuado en los últimos años, y está atrayendo la atención de los investigadores. El documental periodístico se ha vuelto menos objetivo y ya no tiene en la televisión convencional a su medio de difusión: se ha vuelto más opinativo y ambiciona conquistar las salas de cine, los canales temáticos o las redes sociales. Tal es el caso de los documentales sobre Snowden (Citizenfour, de Laura Poitras, 2014) u O.J. Simpson (O.J.: Made in America, de Ezra Edelman, 2016). Para una reflexión académica sobre el género, sugerimos la lectura del artículo “Imágenes de la crisis financiera: las intervenciones de las películas documentales” publicado por Jens Eder en el número 20 de la Revista Latinoamericana de Estudios sobre Cuerpos, Emociones y Sociedad (2016). El inesperado éxito del podcasting Serial, una investigación periodística sobre un ‘cold case’ (caso sin resolver desde hace años) da esperanzas a un nuevo periodismo radiofónico adaptado a la era de Internet que podría tener consecuencias socio-políticas. Numerosos medios tradicionales como el diario Washington Post o la revista New Yorker se han lanzado a experimentar con estos seriales radiofónicos digitales. Recomendamos el artículo “Personal narrative journalism and podcasting” de Mia Lindgren, publicado en el Radio Journal (vol. 14, núm. 1, abril de 2016).
3.- Inmigración y refugiados
Los estudios sobre el marco interpretativo que los periodistas aplican a los inmigrantes, así como las investigaciones de análisis crítico del discurso sobre los demandantes de asilo, son un clásico de los estudios de comunicación política. La crisis de refugiados que ha vivido Europa a raíz de la guerra en Siria ha vuelto a poner en la agenda de los investigadores el tratamiento mediático de ‘el otro’ que llega a nuestras costas o ‘el otro’ que vive entre nosotros. El investigador Paolo Mancini (de la Universidad de Perugia, en Italia) presentó con otros colegas suyos un paper titulado “What shapes the coverage of immigration” en el segundo congreso de la revista International Journal of Press/Politics, celebrado en Oxford (Reino Unido) en septiembre de 2016. La red de investigadores netPOL (liderada por la Universidad del Danubio en Krems, Austria) prepara para 2017 un libro colectivo con estudios de caso nacionales sobre el discurso mediático de la crisis de los refugiados en Europa.
4.- Discursos del odio, discursos inciviles y ‘post-verdad’
El anonimato que brindan las redes sociales tiene un lado oscuro: la utilización de estas plataformas para propagar insultos o acosar a personajes públicos. Aunque Internet tiene la capacidad de recoger y amplificar discursos silenciados por los medios, también es una oportunidad para propagar ‘discursos del odio’ aprovechando la impunidad que brinda la ocultación de la identidad. Los discursos inciviles también tienen lugar en tertulias radiofónicas y televisivas, dando lugar a lo que investigadores como Diana Mutz han denominado ‘in your face politics’, contribuyendo a erosionar la confianza en las instuciones y el proceso político (véase su libro In-your-face politics: The consequences of uncivil media, Princeton University Press, 2016). Los discursos radicales son un tema sensible, ya que a veces es difícil distinguir entre la vehemencia de la libertad de expresión y la agresividad verbal. Los estudios preliminares sobre la circulación de información durante la campaña presidencial norteamericana de 2016 revelan que las noticias falsas tuvieron un impacto inusitado, forzando a los nuevos grandes mediadores (Facebook y Twitter) a tomar medias contra los ‘fake news sites’. El debate sobre la ‘post-verdad’, abierto por la revista The Economist en septiembre de 2016, reverberó en los medios de todo el mundo, hasta hacer de la palabra ‘post-truth’ una de las palabras del año para el Diccionario Oxford. La pervivencia de las mentiras y falsedades en Internet se presenta así como otro de los grandes retos para la academia.
5.- Diplomacia pública (de ayer y hoy)
La investigación en comunicación política internacional ha tenido en la dipomacia pública a uno de sus temas favoritos de estudio en los últimos años. Pero la práctica de intentar favorecer relaciones horizontales entre ciudadanos de distintos países a través de productos culturales como películas o mecanismos de socialización informal como las becas de estudio antecede en décadas a la twitter-diplomacy. Fenómenos como las ayudas a la producción de películas hollywoodienses tienen lugar hoy (en China) pero cuentan con antecedentes históricos como el Hollywood in Madrid que fomentó el gobierno de Franco, como demuestra Neal Rosendorf en su magistral libro Franco sells Spain to America: Hollywood, tourism and public relations as postwar Spanish soft power (Palgrave, 2014). El Camino de Santiago, que ya en sus orígenes fue un intento de unir a Europa (o, mejor dicho, de crear Europa) contra el islam, aguarda todavía un estudio desde la perspectiva de la diplomacia pública. La mejor aproximación hasta el momento es la de Xosé Luis Barreiro Rivas y su monografía La fundación de Occidente: El Camino de Santiago en perspectiva política (Tecnos, 2009).
6.- El derecho a saber y la transparencia
La demanda de la accesibilidad a la información pública y su tardía cristalización institucional en España pueden llevar a pensar que el control público de la acción gubernamental es consecuencia de una reacción a las revelaciones de Snowden. Pero la demanda popular de transparencia institucional es mucho más antigua. En su reciente libro The rise of the right to know: Politics and the culture of transparency, 1945-1975 (Harvard University Press, 2015), Michael Schudson sitúa en la expansión de la educación superior en los Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial una de las causas fundamentales de esta mayor exigencia a los ejecutivos. En el caso español, está por ver la eficacia de la Ley de Transparencia, todavía infrautilizada por los periodistas, pero que puede dar lugar a interesantes trabajos académicos en los próximos años. Un primer paso es el proyecto de investigación “Comunicación pública, transparencia, rendición de cuentas y participación en los gobiernos locales”, que bajo la dirección de Juan Luis Manfredi (Universidad de Castilla-La Mancha) continúa el trabajo iniciado por Amparo Moreno desde la Universidad Autónoma de Barcelona.
7.- El fact-checking y las medias verdades
Los maestros griegos de la retórica, avezados en el arte de convencer siglos antes de que Cristo viniera al mundo, ya advertían (para disgusto de ortodoxos como Platón) que en retórica no importa tanto la verdad como la apariencia de verdad. Las medias verdades de líderes como Putin o Trump merecieron portadas en publicaciones como The Economist (10 de septiembre de 2016) o el suplemento Ideas de El País (26 de septiembre de 2016), y a buen seguro merecen también estudios académicos. La tendencia a comprobar la veracidad de las afirmaciones de los políticos ha llegado a España desde Estados Unidos, donde Lucas Graves ha publicado un estudio llamado a ser la referencia sobre el tema: Deciding what's true: The rise of political fact-checking in American journalism (Columbia University Press, 2016).
8.- El humor y la ficción
En su libro 50 viñetas que cambiaron el mundo (Ariel, 2016), el historiador Roberto Fandiño nos recuerda que las críticas políticas más memorables e hirientes no tienen forma textual, sino iconográfica. Desde hace décadas los políticos se han rendido al enemigo y se han unido a él, prestándose a aparecer en situaciones cómicas e incluso humillantes. Aunque el politainment es ya un recurso manido y hay quien lo da por agotado, la mezcla de humor y entretenimiento con la política seguirá siendo popular y seguirá atrayendo la atención de los investigadores. Otro tanto ocurre con las series de televisión, que han reemplazado a la novela como gran recurso de entretenimiento masivo. La naturaleza imita al arte y la fría iniquidad del líder psicopático (House of Cards) o las dificultades de un gobierno de coalición en una democracia consociativa (Borgen) son a la vez reflejo y prefiguración de la política contemporánea. Para la investigadora T. Ann Kennedy, series como The Wire son el equivalente contemporáneo de las novelas sociales de Charles Dickens o el periodismo documental de Walker Evans o James Agee.
9.- Salud pública: del pánico a las vacunas y otras historias
El miedo a las vacunas ha revitalizado la aparición del sarampión, que iba camino de erradicarse. Parte del éxito del movimiento anti-vacunas se debe a la norma del equilibrio periodístico: los bandos enfrentados en una controversia reciben igual cobertura aunque los postualdos de una de las partes se sostengan sobre prejuicios o argumentos pseudocientíficos. El periodismo de largo alcance se adelantó a la academia a la hora de abordar este asunto. En 2013 el periodista Seth Mnookin publicó The panic virus: The true story behind the vaccine-autism controversy (Simon & Schuster). Hemos tenido que esperar a 2016 para que un estudio académico sobre la mediación periodística de los temas de salud pública viera la luz en forma de libro. Lo hace a cargo de Charles L. Briggs y Daniel C. Hallin en su Making health public: How news coverage is remaking media, medicine, and contemporary life (Routledge).
10.- Las noticias ya no se buscan, te encuentran
El investigador de la Universidad de Viena Homero Gil de Zúñiga es el proponente de una nueva teoría, la ‘news finds me perception’, que encapsula el sentir de muchos jóvenes con respecto a la información: si las noticias son lo suficientemente importantes, me acabaré enterando a través de mis feeds en redes sociales. A diferencia del ideal de ciudadano responsable que debe hacer un esfuerzo para enterarse y comprender el devenir de la actualidad, el joven consumidor de información adopta una actitud pasiva y deja en manos de los algoritmos de los grandes hermanos de la sociedad de la información su posibilidad de acceder a los asuntos públicos. Lo hace porque, según Gil de Zúñiga, las redes sociales nos invitan (aunque sea de manera inconsciente) a publicitar nuestras inclinaciones políticas cuando compartimos noticias que nos parecen indignantes, algo que no ocurría con otras formas de interactividad en la red.
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domingo, noviembre 06, 2016
Un barrido irónico por 60 años de publicidad electoral americana
La obra tiene su origen en los años 80, cuando Muntadas conoce a Ed Diamond, un politólogo del MIT (Massachusetts Institute of Technology) que tenía un archivo de anuncios electorales. Al proyecto se suma luego el vídeo-artista Marshall Reese, y desde 1984 componen la primera versión del montaje, que revisarán en cada convocatoria presidencial.
La primera campaña presidencial televisada fue la de 1952. Hasta ese momento, la radio había sido el principal medio de comunicación electoral, como atestiguan los célebres fireside chats de Roosevelt. En las convocatorias de 1952 y 1956 el general Eisenhower se enfrentó a Adlai Stevenson, “el típico demócrata de corte intelectual”, según Gubern. Cuando perdió por segunda vez frente a Eisenhower, Stevensón dejó para la posteridad una cita que denunciaba con impotencia la inevitabilidad del marketing político en era de la tevisión: “la idea de que se puedan vender candidatos para las altas investiduras como si fueran cereales para el desayuno... es la última indignidad del proceso democrático”.
Stevenson intuía lo que luego otros comunicólogos han confirmado: la televisión proyecta mejor al sujeto (la personalidad) que al objeto (los problemas complejos). Priman la fotogenia y la fonogenia. La televisión resucita la importancia del carisma, una palabra acuñada por los primeros teólogos cristianos para referirse a la capacidad de hacer milagros que el sociólogo Max Weber incorporó para el uso civil para referirse al atrativo, el glamour y la seducción del político.
Precisamente, el candidato con quien más se relaciona el glamour (palabra medieval recuperada por el novelista británico Walter Scott en el siglo XIX) es JFK, que en sus debates con Nixon en 1960 se reveló como el líder de la telegenia. Ésta se refiere, según Gubern, a tres aspectos: la presencia física, el lenguaje corporal y el discurso verbal. El lenguaje corporal, insiste Gubern, es más elocuente que el verbal, ya que el cuerpo nunca miente y delata el auténtico sentir del hablante. En este terreno el candidato Ronald Reagan jugaba con ventaja: había trabajado en la radio y había sido actor de cine, por lo que sabía modular perfectamente su imagen y su voz. Su gran obra, la caída del comunismo, se debió en gran parte a un farol: el invento de la guerra de las galaxias, un sistema orbital de bombardeo que forzó a la URSS, que ya gastaba el 40% de sus fondos en defensa, a arruinarse invirtiendo todavía más en armamento militar. Es el poder del mito en la política, apunta Gubern.
Como ejemplo de “la elocuencia de lo no dicho”, Román Gubern recuerda las imágenes de George W. Bush cuando le comunicaron los ataques terroristas del 11-S mientras estaba de visita en una escuela infantil. Su perplejidad, su rictus facial, lo decía todo.
El vídeo-compilación de Muntadas y Reese, apunta Gubern, evidencia la hegemonía de la voz en off masculina en la propaganda política televisada. También pone de manifiesto la abundancia de los testimonios masculinos sobre los femeninos, infiriéndose el principio machista de que éstos son los más relevantes, ya que la esposa votará como el marido. En los spots de la Guerra Fría “las ventajas de la prosperidad se imponen a los inconvenientes de las amenazas”, en un continuo contraste entre preocupaciones domésticas (el alza de los precios, el medio ambiente) y exteriores (confrontación con el enemigo soviético).
La obra muestra también la contaminación de la política por la industria del espectáculo, cuyo resultado más histriónico es el propio Donald Trump, cuya imagen le recuerda a Gubern la de un payaso salido de un programa de telerrealidad. Todo un contraste con la iconicidad del presidente saliente: Obama presume de un cuerpo elástico, es una especie de Tarzán de ébano reminiscente de las películas de Weissmuller para la Warner.
La selección de Muntadas y Reese excluye, extrañamente, uno de los vídeos más célebres sobre Obama: el de la Obama Girl, que ejemplifica perfectamente la era de los vídeos (presuntamente) generados por los usuarios. Pero, como recuerda Gubern, Political Advertisement no es un estudio académico, sino una selección “desordenada e impresionista” que provoca curiosidad, risa y también, quizá, temor.
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viernes, noviembre 04, 2016
Taller de oratoria en Cuenca (12-13 nov 2016)
El fin de semana del 12 al 13 de noviembre de 2016 tendré el placer de impartir en Cuenca un taller práctico de oratoria, en el marco de los talleres culturales organizados por la Universidad de Castilla-La Mancha. Será en la Sala ACUA, en pleno casco histórico de Cuenca (c/Colmillo) el sábado 12 de noviembre, de 10 a 14 y de 16 a 20 horas, y el domingo 13 de noviembre, de 10 a 14 horas.
El taller está abierto a personas ajenas a la universidad. Para más información, consúltese el programa y el formulario de inscripción.
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El taller está abierto a personas ajenas a la universidad. Para más información, consúltese el programa y el formulario de inscripción.
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jueves, noviembre 03, 2016
Napoli: Internet no nos ha traído mayor diversidad audiovisual
Cuando arrancaba el nuevo milenio en el que vivimos, el concepto de ‘cola larga’, popularizado por Chris Anderson, defendía la posibilidad de que las producciones minoritarias encontrasen siempre su público gracias a la tecnología. A día de hoy, según el profesor de la Universidad de Duke (EE.UU.) Philip M. Napoli, la asunción de que Internet expandiría la diversidad de los productos que consumimos no se sostiene. En su lección magistral, con la que arrancó este jueves 3 de noviembre un seminario sobre diversidad audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid, Napoli apuntó que el catálogo de productos ofrecidos por Netflix, lejos de ampliarse, se ha reducido en un 50% desde 2014. De tener unos 10.000 títulos en oferta, ahora ofrece unos 5.000. La cola larga se desintegra.
La razón parece encontrarse en los costes de las licencias (a un proveedor privado no le compensa pagar mucho por algo que casi no se ve) y en la integración vertical: cuando el proveedor, en este caso Netflix, se convierte también en productor, su incentivo para recomendar productos pertenecientes a la ‘cola larga’ es mínimo. Es más, procurará modificar sus algoritmos de sugerencias para que el usuario consuma productos hechos en casa. Así, según Napoli, se llega a la paradójica situación de que en la era digital los dos mayores predictores de éxito son la edad del producto (cuanto más reciente, mejor) y su éxito en la taquilla. Es la vuelta a los criterios de éxito de los vídeo-clubs físicos que triunfaron en los 80.
La cola larga tiene poco interés, e incluso empresas como Amazon ya delegan en una vasta red de terceros vendedores la atención hacia los productos de nicho. En el terreno puramente digital, los productos de la ‘cola larga’ desaparecen de los proveedores o intermediarios mayoritarios y se comercializan a través de agregadores temáticos como los presentes en Roku (un reproductor de streaming muy popular en EE.UU.). Las películas de terror de serie Z tienen su propio agregador (ej. Grindhouse cannel), lo que las hace solo accesibles para los fanáticos del género, no para el curioso que accede a un gran portal tipo Netflix.
La interactividad, además, tiene un lado oscuro que erosiona la diversidad audiovisual. Los proveedores digitales tienen muchísimos datos sobre nuestras preferencias, lo que reduce la incertidumbre y les da más poder predictivo para producir contenidos exitosos, eliminando cualquier incentivo de servir a la cola larga, donde yacen los productos más arriesgados y experimentales.
En definitiva: a decir de Napoli, la tecnología no nos ha resuelto el deseo de tener una mayor diversidad audiovisual a nuestro alcance. La cola larga se hace más difícil de navegar debido a su compartimentación en agregadores temáticos. El ideal del ‘one-stop-shop’ para acceder a la cola larga ya forma parte del pasado. Netflix no está interesado.
Curiosamente, en Youtube todavía se encuentra muchísmo contenido generado por los usuarios, que en cierta medida se puede considerar perteneciente a la ‘cola larga’. Esto podría cambiar si Youtube se dedicase, como hizo Netflix, a producir contenidos propios. También acechan otras grandes corporaciones. Si un contenido de usuario se revela como popular, las grandes empresas de comunicación pueden patrocinarlo o comprarlo, haciéndolo migrar de la cola a la cabeza.
Preguntado por la piratería, Napoli considera que se ha quedado relegada a los que no tienen dinero y disfrutan de mucho tiempo: los estudiantes universitarios. Bromas al margen, sí ha forzado a ciertos proveedores como HBO a desagregar productos como Juego de Tronos (la serie más pirateada en EE.UU.) para que sean accesibles fuera de la plataforma que los vio nacer.
Napoli reconoce que hablar en EE.UU. sobre políticas de medios suena a intervencionismo, de ahí que lo más práctico para incentivar un consumo diverso entre la audiencia sea la alfabetización audiovisual desde edades tempranas.
La profesora de la Universidad de Oregón Janet Wasko, también presente entre la audiencia y una de las ponentes invitadas, se mostró sorprendida de que el éxito en taquilla sea uno de los predictores de éxito online. ¿Acaso los cines no iban a desaparecer? “Si no lo han desaparecido ya”, respondió Napoli, “es que están aquí para quedarse. La gente necesita salir de casa de vez en cuando”.
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