Los rumores han recibido escasa atención por parte de los investigadores en comunicación política. Quizá porque la propia naturaleza de las habladurías es sin duda particular: su origen suele ser tan desconocido como destructiva es su circulación. En el día en que la bolsa española
se ha desplomado por
los rumores de que España está en una situación no muy distinta a la de Grecia, viene a cuento dar noticia de la reciente publicación del libro de Cass R. Sunstein
Rumorología: Cómo se difunden las falsedades, por qué nos las creemos y qué se puede hacer (Ed. Debate, 2010).
Sunstein es conocido entre los politólogos por sus estudios sobre la polarización política que favorece Internet, siendo el más citado de todos ellos el titulado
Republic 2.0. En su nuevo libro, el jurista de la Universidad de Chicago reflexiona sobre la inusitada atención y credibilidad que recibieron habladurías como la que sugería que Obama no había nacido en territorio norteamericano, lo que lo habría descalificado como candidato a la presidencia de los Estados Unidos. El lector no podrá evitar recordar el reciente escándalo sobre
la presunta recíproca infidelidad entre el presidente de la República Francesa, Nicolás Sarkozy, y su esposa, la cantante y modelo Carla Bruni.
Sunstein tiene en estos momentos la oportunidad y el reto de poner en práctica su recetario de soluciones para combatir los rumores. Es el
Administrador de la Office of Information and Regulatory Affairs (OIRA), un organismo federal que vela por la calidad y accesibilidad de la información gubernamental. Curiosamente, como se refiere en la recensión que sobre su libro publicó la revista
New Yorker, el propio Sunstein vivió en sus carnes
una campaña que pretendía frenar su nombramiento como cargo oficial del Gobierno Obama.
Como apunte para la reflexión, convendría detenerse en el papel que ha podido jugar
la prensa internacional en la súbita depreciación bursátil española. Nada de lo que publicaban el
Herald Tribune o
Les Echos esta mañana era una novedad (la renuencia de Zapatero a congelar los salarios públicos o a flexibilizar las normas que regulan el mercado laboral), pero la sorprendente coincidencia de varias noticias sobre el posible contagio español del virus griego ha precedido al desplome de la bolsa madrileña.
“Sólo la mentira necesita cómplices”, dice el sabio proverbio griego. La verdad se las arregla muy bien sola, pero a menudo triunfa demasiado tarde. Los rumores destruyen vidas y, a la vista de lo que ocurre en los mercados, haciendas. ¿Estamos ante una especie de
propaganda negra de los especuladores, en la que en vez de arrojarse folletos desmoralizantes se sueltan habladurías destructivas? ¿O son los rumores en este caso un sano aviso, un anticipo de una dolorosa verdad que los gobiernos de la Europa meridional no quieren oír? En la mitología clásica, la figura de la
Fama, ilustrada con una trompeta, es ambivalente: a veces es buena, a veces es mala. En ocasiones anuncia la buena reputación, en otras el escándalo.
Ante la crisis helena, en esta Europa pseudo-confederal de 27 Estados Miembros no ha habido un sólo líder que proclamase, cual Obama desafiante, un ‘
We are in this together’ o un ‘
We rise and fall as one’. A punto de cumplirse 60 años de la
Declaración Schuman, los padres fundadores europeos, desde el
Mount Rushmore que no tienen, observan apenados cómo el sueño de la Europa unida se tambalea.
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