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viernes, febrero 02, 2018

James Harding: "Las fake news nos distraen del verdadero problema: la propaganda"


En la imagen, James Harding (izda.) junto al moderador del encuentro, el periodista Borja Bergareche.

Tras ver películas como Los archivos del Pentágono es difícil no caer en la nostalgia: los medios tradicionales le plantaban cara al poder y los periodistas eran auténticos paladines de la democracia. La industria de la prensa era rentable económicamente y sus denuncias de la corrupción gubernamental la hacían necesaria y legítima socialmente. Pero en su conferencia de este jueves, 1 de febrero de 2018, en la Fundación Rafael del Pino en Madrid, el ex director de la BBC James Harding invitó a los periodistas presentes –muchos de ellos alumni de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra, auspiciadora del evento– a sacudirse la melancolía: “los periodistas son todavía más necesarios en nuestro tiempo: los poderosos se esconden detrás de muchos más disfraces que los del gobierno”.

Gran parte del poder actual se encuentra en las grandes empresas tecnológicas. Harding dedicó su charla sobre la libertad de expresión en la era de Internet a explorar las relaciones entre dichas compañías y el gobierno, o entre lo que denominó metafóricamente el valle (en referencia Silicon Valley, el asiento californiano de la mayoría de las big tech) y la montaña (en alusión a Capitol Hill, sede del poder legislativo en EE.UU.) Harding augura en este 2018 una ola reguladora que podría acabar en la partición de los gigantes tecnológicos, cuya única vía de defensa la hallarían en la declaración voluntaria sobre sus actividades de mayor impacto social. Así, los gigantes tipo Facebook o Google deberían informar periódicamente al público su papel en casos de ciberacoso, discursos del odio, abusos sexuales, o utilización de datos personales para campañas políticas. “Esa información debería ser pública”, insistió Harding, si esas grandes compañías desean evitar la ruptura de sus monopolios.

Harding sorprendió al afirmar que “nadie que pretenda ser serio debería preocuparse por las fake news”, que el ex director de The Times entre 2007 y 2012 definió como “historias falsas que aspiran a llegar al mayor número de lectores con la intención de obtener réditos financieros o políticos”. Así, titulares falsos como “el Papa se declara a favor de Donald Trump” son para Harding el equivalente al spam en los primeros tiempos del correo electrónico: un problema de fácil solución técnica. Sin embargo, Harding cree que el debate sobre las fake news está oscureciendo el verdadero problema: la propaganda. Los regímenes autoritarios como el ruso están invirtiendo millones y millones en los medios sociales para librar lo que ellos mismos definen como una “guerra de información”. Alrededor del mundo, la democracia está en retroceso, lamentó Harding. A su juicio, la Unión Europea debería castigar a aquellos países como Hungría que restringen la libertad de prensa.

En otra elocuente analogía, Harding identificó al periodismo tradicional con una orquesta que toca para una audiencia pasiva, comparándolo con el periodismo digital, que se parecería más a un festival de música en el que artistas y espectadores construyen juntos la experiencia resultante. Si la BBC no estuviera ya inventada, observó, hoy estaríamos debatiendo la creación de una BDC (British Digital Corporation) que alumbrara una especie de “public service networking”. De hecho, el que fuera corresponsal en Washinton D.C. para el Financial Times recordó la BBC fue creada en 1922 por el gobierno británico ante el temor de que la nueva tecnología del momento, la radiodifusión, cayera bajo el control de los magnates de la prensa. Su modelo es excepcional, apuntó Harding, ya que a diferencia de los servicios públicos de ratiotelevisión de la Europa continental su financiación es independiente de los impuestos tradicionales. La tasa que pagan los ciudadanos británicos ayuda a garantizar una independencia política sin parangón en el resto del continente.

Preguntado por si en estos tiempos post-Brexit no desearía más trabajar para un medio de comunicación partidista y emocional, Harding reconoció que “es mucho más divertido decirle a la gente lo que piensas”, pero “informar sobre la actualidad de manera imparcial tiene un mayor valor de servicio público”.

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domingo, abril 22, 2012

James Curran: Internet no es global

Las utopías que alentó Internet desde la década de los 90 no se han cumplido. El ciberespacio no es un lugar tolerante, accesible a todos y libre de prejuicios. El mundo real ha penetrado el ciberespacio, contaminándolo con todas sus limitaciones. Así lo sostuvo James Curran, profesor del Goldsmiths College de la Universidad de Londres, durante la sesión inaugural de la conferencia “Identity, Culture & Communication”, que reunió del 19 al 21 de abril a investigadores de la comunicación y la cultura en el campus madrileño de la Saint Louis University.

A juicio de Curran, son siete las limitaciones que impiden a la Red alcanzar el calificativo de global:
  1. Solo el 30 por ciento de la población mundial tiene acceso a Internet.
  2. Más de dos tercios de las páginas web están en inglés, pero solo una cuarta parte de la humanidad habla este idioma de manera fluida.
  3. Como consecuencia de lo anterior, aquellos que no sean capaces de comunicarse en inglés tienen pocas posibilidades para hacerse oír en la Red.
  4. El mundo sigue dividido por valores culturales y morales. Internet no ha servido para erradicar las discriminaciones por sexo, raza o religión sino que, paradójicamente, también ha servido para promoverlas.
  5. Pese al teórico alcance global de Internet, el consumo de noticias sigue siendo fundamentalmente nacional y local. En los países en que más noticias internacionales se difunden, la proporción de éstas sobre el total de noticias no pasa del 30 por ciento.
  6. Los gobiernos nacionales y los regímenes autoritarios han conseguido controlar Internet. Lo hacen mediante múltiples mecanismos, desde el límite de licencias a los proveedores de acceso a la Red a la censura de contenidos.
  7. Los internautas que participan en política no son representativos de la población general. Los políticamente activos suelen tener un nivel educativo y de renta muy superior al de la población en general.
Internet ha afectado a una de las líneas de flotación de la prensa escrita (la publicidad), pero ello no quiere decir que las empresas de comunicación hayan perdido poder con la llegada de la Red. Según Curran, en 2009 la televisión era todavía la principal vía de recepción de noticias y, en 2010, el 80 por ciento del tráfico de noticias se concentraba en un reducido grupo de webs que representaban el 7% del total de los sitios de Internet. Dichas webs eran propiedad de empresas tradicionales de comunicación.

Curran también desmitificó el papel de Internet en la Primavera Árabe, afirmando que el índice de penetración de Internet en los países autoritarios no está relacionado con la proliferación de revoluciones anti-gubernamentales. Incluso el caso más paradigmático del llamado periodismo ciudadano, el portal coreano OhMyNews, tiene más que ver con una protesta generacional contra la corrupción que con el medio en sí, ya que la web perdió fuelle en cuanto cambió el gobierno.

Curran terminó su intervención estableciendo un paralelismo entre la promesa utópica de los periódicos e Internet. Al parecer, en el siglo XIX se pensaba que los periódicos contribuirían a fomentar una sociedad más educada y racional. En aquel momento, como ocurre ahora con Internet, los “periódicos” se escribían con letra mayúscula (“Newspaper Press”). Quizá sea hora, sugiere Curran, de escribir Internet con minúscula (“internet”).

Todas estas reflexiones están contenidas en el reciente libro Misunderstanding the Internet, escrito por Curran en colaboración con Natalie Fenton y Des Freedman (Routledge, 2012).

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