Este mes de marzo tendrán lugar las elecciones al parlamento de Dinamarca. Para contar los participantes en los debates electorales televisados no bastan los dedos de una mano. Todos los candidatos saben que el gobierno resultante será una coalición de partidos que no tendría por qué ser ideológicamente homogénea. De hecho, la actual primera ministra socialdemócrata danesa llegó a plantear la conveniencia de formar una coalición de gobierno que incluyera al principal partido de centro-derecha, Venstre.
Ahora saltemos de Escandinavia a Iberia, con la facilidad con la que lo haríamos en Google Earth. El líder dimisionario de las juventudes del Partido Popular anuncia a bombo y platillo que se pasa a Vox, el partido que, a su juicio, sabe guardar las esencias de la auténtica defensa de la unidad española. La idea de una ‘gran coalición’ no es solo indeseable para muchos actores políticos. Es inconcebible. Pocos recuerdan que en vísperas de las elecciones generales de 1979, una de las ideas que flotaba en el ambiente era una posible coalición entre UCD y el PSOE.
Habrá quien vea en las grandes coaliciones un grave peligro de desideologización de la política… incluso un riesgo de autolesión: si la gran coalición no funciona, ¿qué nos quedaría? ¿Cuál sería la alternativa? ¿No sería ésa la evidencia del fracaso de la política como método de gestión de los asuntos públicos? El otro extremo de la ensalada consociativa es la polarización, que parece haberse contagiado desde los Estados Unidos de América al resto de Occidente. Una polarización que no sería solo política, sino también afectiva: la idea de tener un amigo, no digamos una pareja, que vote al otro partido se hace cada vez más improbable. Como la de un ateo que acompañe a su esposa a la puerta de una iglesia un domingo, para que ella oiga misa mientras él se da un paseo por el parque.
¿Cómo hemos llegado aquí? Este lunes, 9 de marzo de 2026, una mesa redonda reunió en la Casa de América en Madrid a un panel de académicos que presentaban sus contribuciones a un nuevo número de la revista Tribuna Norteamericana, el 48, centrado en esta ocasión en la polarización política en Estados Unidos. Moderados por el periodista de El Confidencial Ángel Villarino, participaron de forma presencial Juan Luis Manfredi, catedrático de Estudios Internacionales en la Universidad de Castilla-La Mancha y Adriana Amado, profesora de comunicación política en la Universidad Camilo José Cela. Intervinieron de forma telemática Josep Colomer, profesor e investigador en la School of Foreign Service de Georgetown University (Washington, D.C.), y Sigrid Vázquez Tirado, doctora en Psicología Forense en la Universidad Ana G. Méndez de Puerto Rico.
Para Josep Colomer la polarización política en Estados Unidos es consecuencia de su diseño institucional, “un experimento sin precedentes cuyos errores están todavía pagando”. Los constituyentes de Filadelfia copiaron el sistema parlamentario uninominal británico, sustituyendo al monarca por un presidente cuya elección exacerba la polarización. Colomer insiste en que el binarismo político estadounidense está fomentado desde las instituciones y sus políticos, no proviene de la gente común. De hecho, se intuye cierto hartazgo ciudadano, porque a la hora de registrarse para votar la opción mayoritaria (un 45%) es la de ‘independiente’.
Desde el punto de vista de la psicología social, el principal peligro de la polarización política es la deshumanización de categorías dentro la población. Para Sigrid Vázquez, esto ocurre cuando se identifica a los inmigrantes como ‘ilegal aliens’ (casi extraterrestres) o cuando se identifica, como en tiempos del nazismo, a los judíos o los negros con animales. El corolario de la deshumanización es la violencia extrema: cuando se ve a estas categorías de población como individuos no humanos, es más fácil cometer atrocidades contra ellos, como la tortura o el linchamiento.
La violencia y la capacidad de coerción son ahora la nueva apuesta de Estados Unidos para ganarse aliados por el mundo. Atrás quedó el deseo de asociación que proyectaban el estilo de vida suburbano de las películas de Hollywood o las generosas becas para estudiar en las prestigiosas universidades de las dos costas, lamenta Juan Luis Manfredi. Lo que antes se conseguía con poder blando (la ayuda internacional de USAID o los boletines informativos de Voice of America) ahora se obtiene con el poder duro, forzando al actor internacional a manifestar su adhesión al Board of Peace, la alternativa de Trump a la ONU.
No obstante, el único rival al que Trump parece tomar como igual carece de armamento. La némesis del presidente estadounidense no sería tanto Pedro Sánchez como Bad Bunny. “La polarización no es solamente política”, advierte Adriana Amado. “La polarización política es parte del logos, pero cada uno de nosotros está dentro de muchas polarizaciones que se relacionan más con el pathos, con las emociones”. Según Amado, para entender a Trump y otros líderes redentores resulta más útil la teoría de la telenovela que la ciencia política clásica. La prueba definitiva de que Bad Bunny ha sido el único líder capaz de hacerle sombra a Trump es que éste se ha apresurado a sacarse fotos con futbolistas, los otros líderes de masas que se disputan la adoración iconográfica con los políticos y los artistas. La batalla por la idolatría tiene lugar ahora en el terreno de la cultura popular, aquel de donde procedía el Trump pre-candidato, un socialité.
Aunque el incierto resultado de la guerra con Irán invita a especular, una vez más, con la idea de la caída del imperio americano, Josep Colomer observa que a la constante de la violencia política se une la de la solidez institucional: durante el último siglo, Estados Unidos se ha mantenido en el 5% de la población mundial y en el 25% de la producción económica. “Este país es irrompible”, advierte.
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martes, marzo 10, 2026
Polarización política: desde USA para el mundo
jueves, marzo 05, 2026
El futuro del fact-checking tras el abandono de las plataformas
Hubo un tiempo, nada lejano, en el que las redes sociales abrazaron el fact-checking. Nacido en la primera década del presente siglo como un movimiento de reforma dentro del periodismo norteamericano, la verificación pretendía superar la objetividad entendida como ‘falso equilibrio’ entre las partes para abrazar la idea de que la verdad está en el dato y no en el relato.
El fact-checking conocería momentos de gran popularidad en España, como la sección ‘Maldita Hemeroteca’ dentro del programa de televisión ‘El Objetivo’ (La Sexta), que debutó en 2014 en las noches de los domingos adoptando el ‘truth-o-meter’ de Politifact, sometiendo las afirmaciones de los políticos a las categorías de ‘verdadero’, ‘falso’ y ‘engañoso’.
La era dorada de la verificación (al menos desde el punto de vista financiero) llegaría en la segunda mitad de la década de 2010, cuando grandes corporaciones como Google o Facebook decidieron incorporar el fact-checking a su operativa para contrarrestar la ‘posverdad’ (el sometimiento de los hechos a la emoción) y la desinformación (campañas de influencia extranjera). Así, los resultados de búsqueda en Google mostraban verificaciones de ciertas afirmaciones, mientras que en Facebook los posts denunciados por los verificadores eran eliminados o degradados por el algoritmo.
Todo cambió en 2022. Desde su residencia en Mar-a-Lago, un Trump destronado denunciaba el régimen de censura izquierdista (left-wing censorship regime). Musk compraba Twitter ese mismo año, convirtiendo la imperfecta plaza pública global en un abrevadero de la extrema derecha. En cuanto Trump recuperó el poder en 2025, Mark Zuckerberg anunció el final de su colaboración con los fact-checkers en Estados Unidos. El desacoplamiento de las plataformas tendría graves consecuencias: los gobiernos autoritarios de medio mundo se sintieron legitimados para dar caza a los verificadores. Irónicamente, el país que alumbró el movimiento del fact-checking prohíbe ahora las visas para investigadores que deseen investigar la desinformación desde Estados Unidos.
Lucas Graves, el académico de referencia en el estudio de la verificación, es en la actualidad uno de los talentos norteamericanos que ha captado el programa Atrae del Ministerio español de Ciencia, Innovación y Universidades. Este miércoles, 4 de marzo de 2026, hacía balance del estado del fact-checking en un seminario abierto del grupo de investigación en Comunicación, Políticas & Ciudadanía de la Universidad Carlos III de Madrid, su nueva casa académica.
Según datos del Duke Reporters Lab citados por Graves, la mitad de las 450 organizaciones de fact-checking que operaban en 2025 se encuentran en el sur global. En 2016 el número de verificadores se situaba en 145 organizaciones. Un crecimiento de un 210% en apenas una década, en gran medida gracias al músculo financiero de Facebook y Google. Algo más de la mitad de los verificadores están afiliados a medios periodísticos, pero el resto son activistas independientes o ‘brazos’ de organizaciones de la sociedad civil.
El impulso ofrecido por las plataformas ha sido crucial. Graves lo desglosa en cuatro ámbitos:
1.- Apoyo financiero. En 2022 Meta presumía de haber invertido más de 100 millones de dólares en financiar verificadores, mientras que Google cifraba su apoyo en 75 millones entre 2018 y 2022.
2.- Impacto. Los fact-checkers estaban integrados en el ecosistema donde las audiencias se exponían a los bulos, permitiéndoles moderar posts en Facebook o aparecer en búsquedas de Google apostillando la veracidad de ciertas afirmaciones.
3.- Legitimidad. Contar con el apoyo de Google o Facebook permitía a los verificadores entrar en un círculo virtuoso que les abría las puertas de agencias gubernamentales, organizaciones filantrópicas y medios de comunicación.
4.- Institucionalización. Antes de la entrada de las plataformas, la International Fact-Checking Network (IFCN) era poco más que una lista de correo y un congreso anual. La colaboración con Meta le obligó a controlar con más rigor quién entraba a formar parte de la red, forzando la aprobación de unos estatutos, un código ético, elecciones para renovar cargos…
Ahora que las plataformas se han retirado, ¿qué futuro le espera a las organizaciones de verificación? Graves ve amenazas y oportunidades. Ya no hay conflicto de intereses para que las propias plataformas puedan ser objeto de auditoría por parte de los fact-checkers. También pueden seguir demostrando su valía destapando estafas a los consumidores, en lugar de gastar sus energías en desmentir pequeños bulos. Y pueden pasar de regular el discurso en la sala de máquinas de las plataformas a ocupar un papel más protagónico, colaborando con influencers y combinando pequeños vídeos en Tik Tok con piezas explicativas más largas en forma de newsletter.
El futuro es a la vez incierto y apasionante. La industria de la desinformación no descansa y ya hay estrategias de AIEO (Artificial Intelligence Engine Optimization), una evolución del SEO (Search Engine Optimization) para que las respuestas de los agentes de Inteligencia Artificial estén contaminadas por las partes interesadas. ¿Qué papel le corresponde a los fact-checkers en este nuevo escenario? La respuesta es abierta, lo único seguro es que Lucas Graves la seguirá buscando.
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jueves, octubre 02, 2025
Toni Aira: los mitos siguen siendo cruciales en la era del logos
“El paso del mito al logos aún no está resuelto”, afirmó el comunicólogo Toni Aira citando al filósofo Jorge Freire durante la presentación del libro Mitólogos: el arte de seducir a las masas (Debate), que tuvo lugar este miércoles en la librería Antonio Machado en Madrid. Acompañado de los consultores Iván Redondo y Verónica Fumanal, Aira atribuyó el éxito de los líderes políticos contemporáneos a su capacidad para encarnar mitos que hunden sus raíces en la Grecia clásica. Así, la imagen de Milei con su motosierra sería una nueva versión de Perseo sosteniendo la cabeza de Medusa, mientras que la gorra MAGA de Trump tendría las virtudes del casco alado de Hermes. Detrás de estos mitos estaría, cómo no, la mano de los spin doctors, esos asesores políticos cuyo estudio Aira ha impulsado de manera pionera.
Verónica Fumanal se mostró entusiasta acerca del libro: “he conectado con la manera en que retratas el mundo de la política hoy”, confesó a Aira, “un mundo vacío, polarizado, en el que quizá falta política real y hay exceso de comunicación”. Su lectura la llevó a formular una batería de preguntas: “En la era del individualismo neoliberal, donde creíamos gozar de una autonomía sin parangón, ¿estamos siendo más manipulados que nunca? ¿A quién le interesa que estemos extasiados por la dopamina que nos generan las redes sociales, sin tiempo para pensar o reflexionar? Los personajes histriónicos que dominan la agenda política, ¿nos indican que el líder institucional es ya cosa del pasado? ¿Por qué el hartazgo de los electores se traduce en un voto anti-político y no en abstención? ¿Por qué han renunciado los políticos a ofrecer orientación, esperanza y pertenencia? Los líderes, en fin, parecen estar más preparados para ser candidatos que para gestionar las instituciones. ¿Qué culpa tiene la comunicación política en ello?”
Iván Redondo, cuya arma demoscópica, Opina 360, acababa de publicar una encuesta que auguraba un crecimiento electoral de Vox sin precedentes, añadió un problema: “los órdenes son muy cortos”. Así como en su momento el crecimiento de Podemos anunció el fin del bipartidismo, una derecha radical fuerte podría dar lugar a un nuevo orden. Coincidió con Aira en la necesidad de crear mitos poderosos, ya que éstos son los que hacen posible “reunir una cuenca de votantes mínima para alcanzar el poder”. Los asesores políticos, afirmó, son ante todo estrategas. Así, cuando están en la oposición, para crear un mito ganador los consultores deben responder a tres preguntas: ¿qué es lo que quiere el elector? ¿qué es lo que quiere el partido? ¿qué es lo que quiere el candidato? Mientras que desde el gobierno deben preguntarse: ¿qué es lo que necesita el ciudadano? ¿qué es lo que necesita España? ¿qué es lo que necesita el presidente?
Aira expresó su preocupación por la socialización política de los jóvenes. A diferencia de la era de la televisión, que forzaba a los apáticos a conocer las figuras políticas antes de ver los deportes o el programa de variedades, en la era de las redes sociales es más fácil que nunca aislarse en una burbuja apolítica. “La tele te metía la política en casa aunque no te interesara”, insistió Aira, “ahora muchos de mis alumnos ignoran quién los gobierna, ni siquiera en su propio ayuntamiento”.
Redondo tomó el testigo de Aira para insistir en un aspecto clave en toda acción de comunicación: ¿quién es el público? “Nuestra España es la de Lamine Yamal y Alexia Putellas”, advirtió. En breve una mayoría de electores españoles tendrá padres o abuelos nacidos en el extranjero. Ante esta revolución demográfica, aparece la ola reaccionaria. Todas las democracias occidentales tienen en común el desafío del ascenso del autoritarismo, observó.
Fumanal se mostró preocupada por la ausencia de castigo al engaño. En una analogía entre la manipulación electoral con Inteligencia Artificial y el dopaje en el mundo del deporte, se preguntó: “si se engaña a la gente y no pasa nada, ¿quién no va a competir dopado? Si la ausencia de ética no tiene consecuencias, ¿qué incentivos tiene la política para no engañar a la gente?”
Ante este preocupante panorama, Toni Aira apostó por “educar la mirada”, siendo conscientes de que toda comunicación es interesada. “Estoy seguro de que el péndulo girará”, vaticinó, augurando un mundo en el que el interés de los asistentes a la presentación del libro se vea reflejado en una política de mayor nivel intelectual y dialéctico.
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sábado, septiembre 27, 2025
Nuestra preocupante credulidad como audiencias
Los podcasts han irrumpido en el ecosistema de la comunicación política. A pesar de que pertenecen en teoría al mundo del narrowcasting, a las audiencias nicho, se les considera un factor clave en las últimas elecciones presidenciales norteamericanas.
Concebidos inicialmente como piezas de audio, las jóvenes audiencias, criadas en tabletas conectadas a YouTube, asumen que los podcasts son ante todo vídeos, larguísimos vídeos que superan ampliamente la hora de duración. Curioso panorama: TikTok e Instagram han popularizado los shortclips y soundbites híper-breves, pero los podcasts de los que se extraen no tienen problemas de duración.
Como si siguieran una costumbre labrada en sus infancias frente a la tablet, las jóvenes audiencias son capaces de soportar vídeos de alrededor de una hora de duración, bien en sus móviles o en las propias smart TVs, donde es YouTube -y no Netflix- el servicio de streaming más popular.
Las parodias sobre podcasts ilustran muy bien las constantes del género: una conversación en la que entrevistado y entrevistador se disputan la popularidad. Es más, es frecuente que, lejos de dividirse claramente los roles, el entrevistador acabe entrevistado por el invitado. Esa transgresión del periodismo convencional parece ser una de las virtudes del nuevo formato.
Intrigado por el fenómeno Joe Rogan, el podcaster más popular en EE.UU., con invitados que van desde Donald Trump a Bernie Sanders, me decidí a escucharlo. Opté por su entrevista con Rod Blagojevich, el ex gobernador de Illinois que pasó una temporada en la cárcel condenado por cohecho, al intentar ‘vender’ el escaño en el senado que dejaba libre Obama al convertirse en presidente. ‘Blago’ aprovecha la conversación para criticar la doblez moral de Obama, celebrar a Trump (que conmutó su sentencia) y explicar su renacimiento espiritual y religioso mientras estaba convicto. Rogan no le busca las cosquillas, sino que actúa más bien como un terapeuta. Los podcasts rara vez son adversariales, son una oportunidad ideal de promoción para los entrevistados.
The Guardian comentaba recientemente la dulcificación de los documentales sobre estrellas de la música y el cine. Parece que las audiencias quieren celebrar, más que conocer. La clave es no ofender a nadie. Y, sorprendentemente, este tipo de contenidos edulcorados, más próximos a la publicidad que al periodismo, gozan del favor del público.
El periodismo tendría, además de un problema de modelo de negocio, un desafío doble: la polarización y el gusto por la retórica epidíctica, celebratoria. Quizá la polarización y lo epidíctico estén relacionados: todo para los amigos, nada para el enemigo. El análisis periodístico tradicional, que expondría luces y sombras, cuestionaría la certidumbre moral del partisano, del fan. Mejor optar por un contenido ‘a favor de obra’, que no moleste al entrevistado o a las audiencias.
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martes, junio 10, 2025
Stiglitz: los medios libres e independientes son esenciales para la buena marcha de la economía
El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, en el CaixaFórum de Madrid
El impresionante aumento en los estándares de calidad de vida en los últimos 250 años tienen, a decir del economista Joseph Stiglitz, un claro responsable: la Ilustración. Pero ese mundo, en el que el conocimiento está basado en el método científico y la organización social en el Estado de Derecho, está en peligro por la falta de incentivos económicos para producir información de calidad. El modelo de negocio mediante el cual la publicidad comercial subsidiaba la provisión de noticias de interés público se ha desvanecido. Los medios sociales han descubierto que la mejor forma de atraer audiencias es mediante la indignación, a menudo provocada por noticias falsas. Al escaso interés de las plataformas en producir noticias -simplemente las seleccionan- se une el robo intelectual de las aplicaciones de Inteligencia Artificial, que ofrecen respuestas a partir de la información recopilada por terceros, a los que no se remunera. El resultado es un ecosistema informativo contaminado que genera desconfianza en los medios y, por extensión, en el resto de instituciones.
El Nobel de Economía, que inauguró este martes en el CaixaFórum de Madrid una jornada sobre la gobernanza de medios auspiciada por el Observatorio de Medios e Información Responsable, insistió en la importancia de la confianza en las instituciones para la buena marcha de la sociedad y la economía. Para abordar el problema, Stiglitz propuso tres medidas: hacer responsables a las plataformas por lo que publican (a diferencia de un medio editorial tradicional, la legislación no las responsabiliza por la circulación de noticias falsas); encontrar la manera de distinguir la buena de la mala información y reducir el nivel de concentración en la propiedad de los medios. “Para que una democracia florezca, no se pueden tener grandes concentraciones de poder en ninguno de los sectores clave de la sociedad”, sentenció.
La jornada continuó con una serie de mesas redondas en las que participaron editores, activistas, periodistas y reguladores. El nuevo Reglamento Europeo sobre la Libertad de los Medios de Comunicación (European Media Freedom Act o EMFA), que entrará en vigor en agosto, obliga a los medios a ser más transparentes sobre su propiedad y financiación. La posibilidad de crear un sello de calidad que distinga a los medios periodísticos fiables centró gran parte del debate: ¿quién debería ser el órgano que otorgara dicha distinción? ¿cuáles serían los requisitos para conseguir y conservar ese sello? ¿debería condicionarse la financiación con publicidad institucional a la obtención de ese distintivo?
Lo paradójico de este nuevo ecosistema es que los medios periodísticos nunca tuvieron tanta audiencia, pero no tienen manera de monetizarla de manera eficaz. Ante la inundación de contenido automatizado y procesado, algunas cabeceras apuestan por lo artesano, por el periodismo de autor. De ahí el resurgir de las newsletters y la proliferación de podcasts, además de los encuentros entre redactores y lectores-suscriptores. Pero la sensación de que nos encontramos ante un fallo de mercado inducido por las nuevas tecnologías es omnipresente. Cómo el Estado puede intervenir para corregir ese fallo es otro dilema. Además de los medios que posee en titularidad, el Estado puede financiar y regular los medios privados, atendiendo a la idea de que el periodismo es un bien público que justifica su intervención. No obstante, los peligros para la independencia editorial son evidentes.
El simposio terminó con la intervención de la profesora de periodismo de la Universidad de Columbia Anya Schiffrin. Irónicamente, nuestro presente hiper-tecnologizado le recuerda al mundo anterior a la existencia de un público moderno que describía el sociólogo Gabriel Tarde: las sociedades pre-impresas se regían por la emoción, el contagio y la imitación de los influyentes. Recomendó la lectura de Careless people, el libro de memorias de una antigua ejecutiva de Facebook, Sarah Wynn-Williams. Un relato aleccionador sobre la ausencia de escrúpulos entre los dueños de la nueva esfera pública.
La Fundación Haz, que junto a Ethosfera sostiene el Observatorio de Medios e Información Responsable, presentó su propuesta de Estándares de Transparencia y Gobernanza Informativa, una especie de aplicación práctica del reglamento europeo sobre libertad de medios, en la que se define un código de buenas prácticas para los medios periodísticos de calidad. Entre ellas, la recomendación de que ningún medio dependa en más de un 10% de su financiación de un único anunciante.
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miércoles, mayo 07, 2025
Tecnomonarquía para el desencanto democrático
De izquierda a derecha: Juan Luis Manfredi, Steven Livingston y Adriana Amado.
En el seno del Trumpismo conviven dos almas, cual Dr. Jekiyll y Mr. Hyde. La parte intelectual viene de la mano de los ‘broligarcas’ como Elon Musk, que quieren vaciar el Estado para poner en práctica su utopía de un solucionismo tecnológico: no hay problema social que no se pueda resolver con la apropiada tecnología. La parte más visceral tiene como ideólogo a Steve Bannon, que representaría a la clase obrera blanca sin formación universitaria. Los aranceles antiglobalización serían más propios de Bannon que de Musk, mientras que el deseo de una tecnomonarquía que dé una respuesta a la crisis de la democracia en Estados Unidos sería el producto de la rama más intelectual del Trumpismo, encabezada por blogueros como Curtis Jarvin, el padrino de una nueva Ilustración Oscura.
Siguiendo la polémica desencadenada tras la publicación por Le Grand Continent de una extensa entrevista con Jarvin, el Círculo de Bellas Artes acogió el pasado 30 de abril de 2025 la celebración de una mesa redonda que reunió al politólogo Steven Livingston, de la George Washington University, y a la comunicóloga Adriana Amado, de la Universidad Camilo José Cela, bajo la moderación del catedrático de periodismo y relaciones internacionales Juan Luis Manfredi, de la Universidad de Castilla-La Mancha.
Los llamados ‘líderes carismáticos’ pueden ser una cierta novedad en Estados Unidos, pero son la tónica habitual en América Latina desde finales de los noventa, de ahí que en este caso el Sur Global “venga del futuro” y tenga cierta sensación de déjà vu. Así, a decir de Amado, el estilo de gobierno basado en la descalificación de la prensa que ha sido común de Hugo Chávez a esta parte prefigura en cierta manera la era de la posverdad, puesto que inocula en la población la idea de que ya no se puede creer en nada. Lo que se vendió como pensamiento crítico fue en realidad una espiral de cinismo que ha hecho caer los índices de confianza en las instituciones a mínimos históricos. La desconfianza en los políticos se ha extendido a los periodistas y amenaza ahora a los académicos. Ya lo dijo J.D. Vance, el vicepresidente de EE.UU.: “los profesores son el enemigo”.
Amado se pregunta si Trump es causa o consecuencia de la falta de credibilidad en las instituciones. Livingston cree que hay suficientes razones para creer que Trump es una respuesta , una consecuencia de las circunstancias por las que ha pasado Estados Unidos en las últimas décadas. El americano medio está en actitud Joker, quiere que todo vuele por los aires. El 40% no pude afrontar un gasto inesperado de 400 dólares. Las principales causas de quiebra económica están relacionadas con gastos sanitarios y con deudas de la tarjeta de crédito. Trump se presenta como el vengador de la clase media venida a menos.
Lo curioso es que los desheredados del mundo toman como gurús a millonarios como Trump o a apóstoles del anarco-capitalismo como Milei. Amado apuntó que el actual presidente argentino era uno de los autores más populares en al Feria del Libro de Buenos Aires. Curiosamente, los fans que hacían cola para obtener su firma eran jóvenes repartidores de comida a domicilio que aparcaban su bicicleta para conocer a Milei. Se reconocían como la tercera generación de pobres en sus familias. Pero creían firmemente que con Milei podrían llegar a ser millonarios.
Si bien Amado cree que Trump y Milei representan el último coletazo de un sistema que podría regenerarse por una renovada participación ciudadana a través de las nuevas redes de comunicación, Livingston se muestra más pesimista: Estados Unidos estaría camino de convertirse en una democracia ‘iliberal’ como la Hungría de Orbán, la Turquía de Erdogan o la India de Modi. Estos líderes serían una respuesta al ‘malestar espiritual’ de la clase media precarizada, que ha perdido esperanza y autoestima. Si uno presta atención a los pilares de toda democracia liberal, advierte Livingston, en Estados Unidos todos empiezan a flaquear: la independencia judicial, las garantías procesales, la libertad de prensa y de cátedra… ya se ven síntomas de lo que Timothy Snyder llama ‘obediencia anticipatoria’, típica de los países que se asoman al abismo del fascismo.
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