Meses después del colapso de Lehman Brothers los líderes mundiales urgieron una “refundación del capitalismo” que salvase a la economía de mercado de su hiperbólica financiarización. En la tarde de ayer, el reconocido sociólogo Craig Calhoun, recién nombrado rector de la London School of Economics and Political Science (LSE), indagó en el futuro del capitalismo durante una conferencia auspiciada por la Fundación Ramón Areces. Calhoun sostiene que el capitalismo sobrevivirá si consigue transformarse en una versión más sostenible de sí mismo. De lo contrario podría producirse un caos en el que el capitalismo fuese “un sistema entre muchos” y una larguísima transición hacia un nuevo régimen cuyos rasgos todavía no se intuyen. “No creo que a la hipotética muerte del capitalismo siguiese una revolución o la implantación de un sistema socialista”, afirmó el sociólogo, “sino una larga transición similar a la que medió entre el feudalismo y la era de los estados-nación.” Preguntado por la solución a la crisis europea, Calhoun ve posible una mayor integración de la eurozona, pero al coste de una (todavía) mayor ausencia de legitimidad popular de las instituciones europeas.
Seguimos hablando de ‘crisis’, observa el rector de la LSE, pero estamos viviendo algo más. El gran crack del 2008 se alarga más de la cuenta (está durando más que el de 1929), hasta el extremo de que Calhoun y otros colegas están a punto de publicar un libro bajo el título ¿Tiene futuro el capitalismo? (Does capitalism have a future? Oxford, 2013). A juicio de Calhoun, el capitalismo no “colapsará”, sino que muy probablemente se transforme en algo diferente a lo que conocemos. El crack actual se explica, dice, por la extraordinaria financiarización de la economía, que a través de créditos y derivados conectó como nunca los destinos del planeta. “Se ha hablado mucho de la expresión ‘too large to fail’ --demasiado grande para caer--, pero en realidad deberíamos hablar de ‘too connected to fail’ --demasiado conectados para caer--.”
Según Calhoun, el capitalismo está sometido a cuatro tipos de amenazas:
1.- Riegos sistémicos. En 2008, el 75% de la economía estadounidense estaba volcada en los activos financieros. La proporción era inversa en 1970, con tan solo un 25% de la actividad económica dependía del crédito y sus derivados. La financiarización ofrece dinero barato para los innovadores, pero ha creado una gran interconexión global que convierte a las crisis locales y regionales en crisis planetarias. “Estamos todavía demasiado interconectados, y este aspecto está todavía sin regular”, dice Calhoun. “Tenemos mucha legislación, por ejemplo, sobre la producción de alimentos, pero la regulación financiera es muy liviana. Una de las razones de esta carencia es la propia movilidad del capital: el dinero puede huir de las legislaciones locales muy fácilmente.”
2.- Déficits institucionales. El capitalismo depende de un contrato social implícito fundamentado en dos pilares: a) el crecimiento no tiene límite y b) los beneficios del crecimiento se distribuyen entre la población. “El capitalismo está perdiendo legitimidad”, apunta Calhoun, “porque se está revelando incapaz de cumplir ese contrato, ya que los beneficios se quedan en manos de unos pocos.” Citando de nuevo cifras de Estados Unidos, el sociólogo ilustró la creciente desigualdad desde los años 70. Por aquel entonces, la desigualdad salarial entre el más rico y el más pobre se situaba en una proporción de 25 a 1. Ahora, el guarismo se sitúa en 600 a 1. Esta desigualdad retributiva corre pareja al debilitamiento de las estructuras del estado de bienestar, al que cada vez le cuesta más paliar las crisis de desempleo.
3.- Límites al crecimiento. El capitalismo, dice Calhoun, es un régimen de externalización: internaliza los beneficios y externaliza los costes. “En ciudades como Beijing o Shanghái vemos las bondades del crecimiento, pero también la degradación ambiental asociada al mismo”, afirma el sociólogo. El capitalismo se está dando de bruces con la escasez de recursos: de tierra, de energía, de minerales… y con el cambio climático.
4.- Amenazas contextuales. El comercio ilegal y el blanqueo de capitales, del que Chipre era el ejemplo paradigmático, supone un cuarto del volumen total de la economía mundial. A una mayor evasión fiscal, menor capacidad de los estados para soportar los daños colaterales de la crisis. Porque si algo ha demostrado el crack de 2008, dice Calhoun aludiendo al título de uno de sus libros más conocidos, es que “las naciones importan”. La interconexión del capitalismo financiero nos había hecho creer que la pertenencia no importaba, que todos éramos ciudadanos del mundo. Pero hemos visto que, cuando se trata de sufrir la crisis, la distribución del sufrimiento se ha organizado de manera nacional, y nacional ha sido también la capacidad institucional de respuesta a la propia crisis.
El desencanto con los partidos políticos y las instituciones es muy semejante al que precedió la llegada del fascismo, y así lo recordó uno de los asistentes a la conferencia en el turno de preguntas. Calhoun admitió el paralelismo, pero dijo que no creía en la vuelta del fascismo. Sí manifestó su preocupación por movimientos como el Tea Party o el Movimiento Cinco Estrellas de Beppe Grillo: “estos movimientos son anti-políticos. No quieren gobernar, sino que hacen política en contra de la política.” Preguntado por el sistema que podría reemplazar al capitalismo contemporáneo, Calhoun se mostró cauto: “la transición del feudalismo al capitalismo no fue instantánea, sino que duró tres siglos. Tuvimos guerras de religión y quiebras de imperios, como el español. Si el capitalismo entra en declive, seguirá un largo periodo de conflictos que intentarán conseguir algún tipo de estabilidad.” En cuanto a la reforma fiscal de la UE, Calhoun dice que está bloqueada por motivos políticos. “En esta ocasión los responsables no han sido la tecnocracia ni la burocracia bruselense, sino estados como Alemania, que están empeñados en preservar las instituciones financieras existentes en Europa.” Posición no muy distinta a la que manifiesta el profesor de economía de Harvard Alberto Alesina en una entrevista publicada hoy por el diario El Mundo.
Neo-medievalismo y economía Mad Max son, pues, las tendencias de futuro. El capitalismo, desde luego, ya no es lo que era.
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Nota: El audio de la conferencia puede descargarse aquí.
Relacionado: Entrevista a Craig Calhoun en El País (5 de mayo de 2013).
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viernes, mayo 10, 2013
Craig Calhoun en Madrid: Transformación o caos
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lunes, junio 25, 2012
La aporía europea
El nacionalismo nos ha legado una visión del mundo engañosa. Al menos en lo que respecta a Europa, un continente que es pre-nacional y cuyas raíces pre-nacionales escapan a los esquemas del estado-nación. La gran virtud del nacionalismo es dotar a una comunidad de una identidad colectiva y una solidaridad que hacen posible la democracia de masas. Su contrapartida es la homogeneidad necesaria para crear esa ilusión de comunidad, homogeneidad que en muchos casos se ha conseguido gracias a genocidios, deportaciones y persecuciones. La historia de la democracia de masas está manchada de sangre, como relata Michael Mann en su reciente pero ya clásico libro The dark side of democracy (Cambridge, 2005).
Para entender la idea contemporánea de Europa es necesario comprender la vocación universalista de la Iglesia Católica. No es casualidad que los padres fundadores de lo que hoy es la Unión Europea fuesen devotos católicos, como tampoco es casualidad que los auténticos europeos hayan sido siempre una élite: ayer era la élite eclesiástica que sabía latín, hoy es la élite de los ‘Eurominati’, los que entienden y saben sacarle partido a la Unión Europea, bien sean sindicalistas, agro-businessmen, abogados o profesores universitarios. La imposibilidad europea de crear una identidad continental tiene mucho que ver con las raíces católicas de la idea contemporánea de Europa: el catolicismo es universal, no particularista; Europa es cosmopolita, no nacionalista.
Cuando allá por el siglo XII Europa occidental opta por dejar de lado la idea de imperio político y convertirse en unión espiritual (léase el injustamente olvidado libro de Donald Matthew The medieval European community, Batsford, 1977), el continente opta por no ser una unión política homogénea y mantener su diversidad. De ahí que Europa case tan mal dentro de los designios del nacionalismo. Sus regiones y ciudades son anteriores a la idea de nación. Y dada la íntima relación entre nacionalismo y democracia de masas, toda unión europea jamás será una unión democrática, porque nunca habrá una nación europea. Esta es la aporía europea, y ésa es la razón por la cual la interdependencia del continente tiene siempre que dilucidarse a través de la tecnocracia o los consensos del llamado ‘directorio europeo’, una curiosa pero no casual resurrección del Concierto Europeo que consiguió afianzar los estados europeos contemporáneos (véase el libro de Jacques-Alain de Sedouy Le concert européen : Aux origines de l'Europe (1814-1914), Fayard, 2009).
Europa casa mal con la idea de nación, y por lo tanto casa mal con su correlato político, la democracia de masas. Sin embargo, Europa casa bien con la idea de universalismo y con su correlato político, el liberalismo. Curiosamente, aunque nacionalismo y liberalismo son teleológicamente divergentes (el primero tiene como fin la comunidad y es particularista, el segundo se ocupa del individuo y es universalista), hubo un momento en que el liberalismo necesitó del nacionalismo para hacer realidad su proyecto político. Para tratar al ciudadano como individuo libre e igual a sus congéneres, el liberalismo hubo de fomentar la idea de una nación que igualase a todos los individuos y los despojase de sus particularlismos de residencia, clase social y género. El trato como ciudadano quedó condicionado a la aceptación de ser español, francés o portugués. Sin embargo, Europa, como la Iglesia Católica, apela al individuo a través de su condición de ser humano o ciudadano del mundo. Para ello, Europa y la Iglesia Católica renuncian a inmiscuirse en la Ciudad del Hombre y apelan al individuo para que piense en sí mismo como integrante de la Ciudad de Dios.
Europa rompe los esquemas. De ahí que sea tan difícil de interpretar a los ojos del nacionalismo, que nos ha legado la mirada con la que hoy vemos el mundo. Pero Europa es más antigua y más rica, también por ello más compleja. Quizá necesitemos una nación Europea para tener una Europa democrática. Pero eso sería lo más anti-europeo. De ahí la aporía europea.
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Para entender la idea contemporánea de Europa es necesario comprender la vocación universalista de la Iglesia Católica. No es casualidad que los padres fundadores de lo que hoy es la Unión Europea fuesen devotos católicos, como tampoco es casualidad que los auténticos europeos hayan sido siempre una élite: ayer era la élite eclesiástica que sabía latín, hoy es la élite de los ‘Eurominati’, los que entienden y saben sacarle partido a la Unión Europea, bien sean sindicalistas, agro-businessmen, abogados o profesores universitarios. La imposibilidad europea de crear una identidad continental tiene mucho que ver con las raíces católicas de la idea contemporánea de Europa: el catolicismo es universal, no particularista; Europa es cosmopolita, no nacionalista.
Cuando allá por el siglo XII Europa occidental opta por dejar de lado la idea de imperio político y convertirse en unión espiritual (léase el injustamente olvidado libro de Donald Matthew The medieval European community, Batsford, 1977), el continente opta por no ser una unión política homogénea y mantener su diversidad. De ahí que Europa case tan mal dentro de los designios del nacionalismo. Sus regiones y ciudades son anteriores a la idea de nación. Y dada la íntima relación entre nacionalismo y democracia de masas, toda unión europea jamás será una unión democrática, porque nunca habrá una nación europea. Esta es la aporía europea, y ésa es la razón por la cual la interdependencia del continente tiene siempre que dilucidarse a través de la tecnocracia o los consensos del llamado ‘directorio europeo’, una curiosa pero no casual resurrección del Concierto Europeo que consiguió afianzar los estados europeos contemporáneos (véase el libro de Jacques-Alain de Sedouy Le concert européen : Aux origines de l'Europe (1814-1914), Fayard, 2009).
Europa casa mal con la idea de nación, y por lo tanto casa mal con su correlato político, la democracia de masas. Sin embargo, Europa casa bien con la idea de universalismo y con su correlato político, el liberalismo. Curiosamente, aunque nacionalismo y liberalismo son teleológicamente divergentes (el primero tiene como fin la comunidad y es particularista, el segundo se ocupa del individuo y es universalista), hubo un momento en que el liberalismo necesitó del nacionalismo para hacer realidad su proyecto político. Para tratar al ciudadano como individuo libre e igual a sus congéneres, el liberalismo hubo de fomentar la idea de una nación que igualase a todos los individuos y los despojase de sus particularlismos de residencia, clase social y género. El trato como ciudadano quedó condicionado a la aceptación de ser español, francés o portugués. Sin embargo, Europa, como la Iglesia Católica, apela al individuo a través de su condición de ser humano o ciudadano del mundo. Para ello, Europa y la Iglesia Católica renuncian a inmiscuirse en la Ciudad del Hombre y apelan al individuo para que piense en sí mismo como integrante de la Ciudad de Dios.
Europa rompe los esquemas. De ahí que sea tan difícil de interpretar a los ojos del nacionalismo, que nos ha legado la mirada con la que hoy vemos el mundo. Pero Europa es más antigua y más rica, también por ello más compleja. Quizá necesitemos una nación Europea para tener una Europa democrática. Pero eso sería lo más anti-europeo. De ahí la aporía europea.
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