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sábado, septiembre 20, 2014

Paradojas y curiosidades del referéndum escocés

1.- La victoria del no en el referéndum ha sido saludada como una apuesta por la unidad europea. Curiosamente, los escoceses son bastante más europeístas que los ingleses, y de hecho su independencia era una manera de mantener un estado más social, más europeo, que el neoliberalismo pro-yanqui de la city londinense. Cameron ha prometido un referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE, y ése sí que es un desafío a la unidad europea. A día de hoy, con los datos demoscópicos disponibles, un referéndum en el Reino Unido sobre la pertenencia a la UE daría como resultado un rotundo no, en gran medida gracias a los ingleses, no a los escoceses.

2.- La victoria del no dista de ser una victoria para la centralidad del estado británico. Bien al contrario, el resultado del referéndum es una llamada irrenunciable a una federalización del Reino Unido. Podría ser el detonante de un parlamento inglés distinto al británico de Westminster, y un apoyo al nacionalismo inglés, harto de derivar recursos a las pobres Escocia y Gales. La fallida regionalización el primer gobierno Blair podría tener una segunda vuelta de la mano de los conservadores. Las regiones inglesas como Yorkshire quieren más autogobierno, pero se oponen a crear más capas de funcionarios porque significaría derivar más recursos para la casta política. Tendrán que resolver este wishful thinking. La regionalización de Inglaterra tendrá que proceder de una manera más natural, teniendo en cuenta los condados históricos, en vez de agrupar regiones a tiralíneas como ocurre en las circunscripciones de las elecciones europeas.

3.- El Reino Unido reconoce a sus componentes como ‘naciones’. Lo lleva en su nombre, es un reino ‘unido’. Como dice Benedict Anderson, el hecho de que el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte (ése es el nombre completo desde 1921) renuncie a definirse como nación “sugiere que es tanto el legado de estados dinásticos prenacionales del siglo XIX como el precursor de un orden internacionalista del siglo XXI” (2006 [1983]: 2). Reino Unido es un estado "multinacional" del que los ingleses forman parte, según dice Tony Wright en su breve introducción a la política británica (2013 [2003]: 5). En este sentido, el Reino Unido sería análogo a la Unión Europea, y ahí sí que se podría establecer un paralelismo entre la 'unidad en la diversidad' británica y la europea. De hecho, en su discurso tras el referéndum, Cameron habla claramente de “naciones”:

“El pueblo de Escocia ha hablado. El resultado está claro. Ha mantenido unido a nuestro país, formado por cuatro naciones (...) Escocia ha votado por un Parlamento escocés más fuerte, respaldado por el poder y la seguridad que ofrece el Reino Unido, y quiero felicitar a la campaña del No por haber demostrado a la gente que verdaderamente nuestras naciones están mejor juntas.”

Sin embargo, en la Televisión Española un estado multinacional es algo tan extraño que en la traducción de las palabras de Cameron las cuatro naciones pasan a ser una (véase y escúchese con atención el vídeo en la propia web de RTVE). En el caso de España el reconocimiento de Cataluña (o el País Vasco o Galicia) como nación es tabú, de ahí la utilización de términos tan ambiguos como el de “nacionalidades” en la propia Constitución.

4.- El año que viene celebraremos 200 años del Congreso de Viena, que dio lugar al Concierto Europeo, el más claro precedente de la actual Unión Europea. Hace dos siglos, los incipientes estados nación recurrían al apoyo de sus colegas europeos para solidificar sus propios estados. Quizá la Unión Europea, que oscila entre convertirse en una federación de 300 regiones y una confederación de una treintena de estados, esté revelando su querencia hacia el segundo modelo. El deseo de los nacionalistas escoceses y catalanes es el de ser una nación dentro de una federación europea con un centro en Bruselas en lugar de Londres o Madrid. Pero ha triunfado la poliarquía y el equilibrio de poderes del Concierto Europeo, al menos por ahora. Como si la unidad en la diversidad europea tuviese que probarse antes dentro de sus propios estados miembros.

5.- Decía Gerald Brenan (al que sí podríamos definir como británico, pues nació en Malta cuando ésta era parte del Imperio) en su libro sobre la Guerra Civil española que la condición normal de España es la de “una colección de repúblicas pequeñas, mutuamente hostiles o indiferentes que se sostienen unidas en una débil federación” (2003 [1943]: xv). Todo régimen republicano en España, según Brenan, “tiende ante la presión de los acontecimientos a devenir en federal y, cuanto más lejos llega su programa federal, más débil se vuelve, porque ha desprendido su poder hacia las provincias” (2003 [1943]: xviii). Curiosamente, Brenan veía en España una Europa en miniatura, comparando los intentos de unidad españoles con los europeos.

¿Qué conclusiones podemos sacar del reféndum escocés para el futuro de Europa? Dice Jan Zielonka, uno de los grandes teóricos de la integración europea, que la Unión Europea está condenada a desaparecer tal y como la conocemos. Será reemplazada por otra Europa que estará liderada por ciudades, incluso regiones, y no por estados-nación. Desaparecido el estado-nación, ¿quién ejercerá la labor de redistribución para evitar la caída en desgracia de los lugares alejados de las metrópolis? Sin duda, hará falta algo más que una ampliación de los fondos FEDER de solidaridad intraeuropea. El viejo orden se muere, que diría Gramsci. Y mientras no nace el nuevo, veremos monstruos. Quizá más de algún estado sea ya zombie sin saberlo.

Referencias:
  • Anderson, B. (2006 [1983]). Imagined communities. London and New York: Verso.
  • Brenan, G. (2003 [1943]). The Spanish labyrinth: The social and political background of the Spanish Civil War. Cambridge and New York: Cambridge University Press.
  • Wright, A. (2013 [2003]). British politics: A very short introduction. Oxford and New York: Oxford University Press.

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martes, noviembre 26, 2013

Ucrania al rescate de la UE



Mientras escribo estas líneas, hay un lugar en Europa donde los jóvenes enarbolan la bandera de la Unión. Un lugar donde se sale a la calle en masa clamando por una mayor integración con los países vecinos al oeste del continente. Un lugar donde la bandera de las doce estrellas significa progreso, libertad, oportunidad y futuro. No son estudiantes azuzados por un cátedro Jean Monnet. No tienen subvenciones de Bruselas. Tampoco aspiran a entrar en el ‘blue book’ de la Comisión Europea para ser becarios en los laberintos del Berlaymont.

Para los ucranianos que estos días reeditan la revolución naranja con el color azul, la UE de hoy en día representa lo que para los españoles era la CEE en los años 70: un espacio de libertad, el lugar del que uno quiere formar parte para superar las limitaciones y rémoras patrias. Una lástima que, en realidad, la ciudadanía europea a la que quieren acercarse sea, en la práctica, confederal y privada: en primer lugar, la europeidad se alcanza a través de la nacionalidad en un estado miembro y, en segundo lugar, la ciudadanía europea no es una llamada a la vida pública, sino una invitación a una vida privada de negocio, educación y ocio. El sueño europeo se marchita cuando uno se percata de que no existe una carrera política europea como tal (hay que pactar antes con los diablos nacionales, que establecen sus cuotas de poder) y cuando uno pasa del estado de tránsito al estado de residente. Es ahí cuando uno se da cuenta de lo mucho conseguido y lo muchísimo que queda por hacer.

Pero no les quitemos la ilusión a nuestros vecinos ucranianos. Deben ser los únicos que se emocionan al ver la bandera europea. Los únicos que la sacan a la calle sin mediar subvención comunitaria. Los únicos para los que Europa representa algo más que burocracia, tecnocracia y frígida distancia. En su sueño está la realidad a la que todos aspiramos.

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lunes, junio 25, 2012

La aporía europea

El nacionalismo nos ha legado una visión del mundo engañosa. Al menos en lo que respecta a Europa, un continente que es pre-nacional y cuyas raíces pre-nacionales escapan a los esquemas del estado-nación. La gran virtud del nacionalismo es dotar a una comunidad de una identidad colectiva y una solidaridad que hacen posible la democracia de masas. Su contrapartida es la homogeneidad necesaria para crear esa ilusión de comunidad, homogeneidad que en muchos casos se ha conseguido gracias a genocidios, deportaciones y persecuciones. La historia de la democracia de masas está manchada de sangre, como relata Michael Mann en su reciente pero ya clásico libro The dark side of democracy (Cambridge, 2005).

Para entender la idea contemporánea de Europa es necesario comprender la vocación universalista de la Iglesia Católica. No es casualidad que los padres fundadores de lo que hoy es la Unión Europea fuesen devotos católicos, como tampoco es casualidad que los auténticos europeos hayan sido siempre una élite: ayer era la élite eclesiástica que sabía latín, hoy es la élite de los ‘Eurominati’, los que entienden y saben sacarle partido a la Unión Europea, bien sean sindicalistas, agro-businessmen, abogados o profesores universitarios. La imposibilidad europea de crear una identidad continental tiene mucho que ver con las raíces católicas de la idea contemporánea de Europa: el catolicismo es universal, no particularista; Europa es cosmopolita, no nacionalista.

Cuando allá por el siglo XII Europa occidental opta por dejar de lado la idea de imperio político y convertirse en unión espiritual (léase el injustamente olvidado libro de Donald Matthew The medieval European community, Batsford, 1977), el continente opta por no ser una unión política homogénea y mantener su diversidad. De ahí que Europa case tan mal dentro de los designios del nacionalismo. Sus regiones y ciudades son anteriores a la idea de nación. Y dada la íntima relación entre nacionalismo y democracia de masas, toda unión europea jamás será una unión democrática, porque nunca habrá una nación europea. Esta es la aporía europea, y ésa es la razón por la cual la interdependencia del continente tiene siempre que dilucidarse a través de la tecnocracia o los consensos del llamado ‘directorio europeo’, una curiosa pero no casual resurrección del Concierto Europeo que consiguió afianzar los estados europeos contemporáneos (véase el libro de Jacques-Alain de Sedouy Le concert européen : Aux origines de l'Europe (1814-1914), Fayard, 2009).

Europa casa mal con la idea de nación, y por lo tanto casa mal con su correlato político, la democracia de masas. Sin embargo, Europa casa bien con la idea de universalismo y con su correlato político, el liberalismo. Curiosamente, aunque nacionalismo y liberalismo son teleológicamente divergentes (el primero tiene como fin la comunidad y es particularista, el segundo se ocupa del individuo y es universalista), hubo un momento en que el liberalismo necesitó del nacionalismo para hacer realidad su proyecto político. Para tratar al ciudadano como individuo libre e igual a sus congéneres, el liberalismo hubo de fomentar la idea de una nación que igualase a todos los individuos y los despojase de sus particularlismos de residencia, clase social y género. El trato como ciudadano quedó condicionado a la aceptación de ser español, francés o portugués. Sin embargo, Europa, como la Iglesia Católica, apela al individuo a través de su condición de ser humano o ciudadano del mundo. Para ello, Europa y la Iglesia Católica renuncian a inmiscuirse en la Ciudad del Hombre y apelan al individuo para que piense en sí mismo como integrante de la Ciudad de Dios.

Europa rompe los esquemas. De ahí que sea tan difícil de interpretar a los ojos del nacionalismo, que nos ha legado la mirada con la que hoy vemos el mundo. Pero Europa es más antigua y más rica, también por ello más compleja. Quizá necesitemos una nación Europea para tener una Europa democrática. Pero eso sería lo más anti-europeo. De ahí la aporía europea.

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lunes, febrero 06, 2012

La insoportable levedad del soberano europeo

Michael Ignatieff, el intelectual que algún día pudo presidir Canadá, ha vuelto a su hábitat natural, la academia. Y lo ha hecho con un artículo periodístico de máxima actualidad, tratando de responder a una serie de preguntas acuciantes: ¿Quién es el ‘soberano’ en estos tiempos en los que la máxima autoridad parece ser la mano invisible de los mercados? ¿Acaso esta Gran Recesión no ha puesto en evidencia que los únicos soberanos dotados de legitimidad popular –los Estados– habían aceptado, tácitamente, la idea de la auto-regulación natural de los mercados? ¿No son los rescates de los grandes bancos y aseguradoras –financiados en última instancia por el pagador de impuestos– una irónica reivindicación de un soberano político que, a diferencia de los mercados, está limitado por el territorio y la identidad?

Si hay algún lugar del mundo en el que el soberano está missing es, sin lugar a dudas, Europa. ¿Quién manda? Y, quienquiera que mande, ¿tiene legitimidad popular? El euro ha unido los destinos de un continente que no se ve a sí mismo como una nación, de ahí que el soberano europeo –carente de legitimidad popular– no pueda actuar con autoridad. El estado de Europa es el peor de los estados, a decir de Ignatieff: “soberanía sin poder e integración si legitimidad.”

Por su parte, Charlemagne advierte desde su columna en The Economist de la ausencia de legitimidad popular para aprobar la regla de oro del equilibrio presupuestario inducida por Alemania. Se trata del primer gran paso hacia una especie de constitucionalismo fiscal en Europa, en el que el poder federal (y no sus estados miembros) sería el único con capacidad de endeudarse. De nuevo, la ausencia de una nación europea requiere que las élites nacionales actúen por el bien de los ciudadanos sin los ciudadanos, de ahí la reciente reforma constitucional española, operada con urgencia y nocturnidad.

Europa va más rápido que los europeos. ¿Creará la institución a la nación? ¿Estamos ante la dura batalla por la consolidación del esqueleto que dará consistencia al cuerpo político europeo?

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