La producción y el consumo de información periodística en Internet, así como la ‘creación de valor’ para el negocio periodístico en soporte digital, son áreas de investigación en plena ebullición. Destaca por su carácter comprensivo el trabajo del profesor de la Universidad de Northwestern Pablo Javier Boczkowski, que en septiembre publicará su segundo libro, titulado News at Work: Imitation in an Age of Information Abundance (University of Chicago Press, 2010). Boczkowski estudia simultáneamente las trincheras de la producción periodística digital y el consumo de información periodística en los entornos laborales posmodernos para, según leemos en los anticipos de su libro, ofrecernos una paradójica conclusión: la diversidad de noticias es si cabe menor que en la era impresa (todos los medios digitales se copian unos a otros) y, lo que es peor, el público lector parece demandarlo. El trabajo se enriquece además con apuntes comparativos entre Estados Unidos y Argentina. El pasado 16 de junio Boczkowski participaba en una mesa redonda sobre ‘El mercado de la información periodística en la web’, organizada por el Social Media Club France en el restaurante La Cantine de París, coincidiendo con la publicación del último número de la revista Réseaux (Communication – Technologie – Société), que aborda el estado de la investigación sobre el periodismo digital.
En relación a este tema, la revista The Atlantic publicaba en su número de junio de 2010 un informe sobre los presuntos esfuerzos de Google para salvar el negocio periodístico. En el artículo, firmado por el veterano periodista James Fallows, se destacaba un hecho intrigante: el trabajo periodístico de calidad parece sucumbir a los criterios de los motores de búsqueda más populares en Internet. Un resumen de situación sobre un tema determinado en Wikipedia tiene más posibilidades de figurar entre los primeros resultados de una búsqueda en Google que la última noticia sobre el tema publicada por el New York Times, Le Monde, o El País. Los resultados de los buscadores priman los contenidos temáticos frente a los episódicos, de ahí el reciente experimento de Google y algunas cabeceras de prensa norteamericanas conocido como Living Stories, que permite agrupar noticias creando una especie de página temática gestionada por el propio diario digital. Como ejemplos, destacamos las páginas temáticas sobre la reforma sanitaria del Washington Post y sobre el cambio climático del New York Times. El código fuente de Living Stories está a la libre disposición de cualquier medio digital que desee utilizarlo.
Investigación académica y experimentación profesional. Quizá sean ésas las claves para entender el presente y ganar el futuro.
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lunes, julio 05, 2010
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domingo, marzo 29, 2009
Cuando un periódico se va
Mientras se suceden las muertes de cabeceras de prensa históricas. Mientras los gobiernos (!) proponen planes para rescatar a la industria del periodismo impreso. Mientras académicos como el renombrado profesor Philip Meyer ponen fecha al último periódico de papel (2040). Mientras observamos como ya existen webs para poner epitafios a los caídos en el combate contra la revolución electrónica y el crack de 2008, es hora de reflexionar sobre lo que toda sociedad pierde cuando un periódico se va.
Hay quien plantea esta crisis de la prensa de papel como la evidencia definitiva de la crisis del periodismo tradicional, que vería amenazada su supremacía como proveedor de información sobre asuntos públicos y opinión e interpretación cualificadas. Sin embargo, lo que está en crisis no es el periodismo de calidad, cuya demanda sigue intacta, sino –como ya advertíamos en este blog citando a Paul Starr- la base financiera que sostenía su producción. La prensa ya no es el gran intermediario de los mercados locales (y quizá tampoco de los nacionales). Internet, y no la prensa, es el ahora la fuente de referencia para buscar un piso o vender un coche de segunda mano. Este papel como intermediarios era el que permitía a los periódicos ser lo más independientes posible de anunciantes y gobiernos, y el que ayudaba a financiar el envío de periodistas a Irak o corresponsales a Tokio. No está en quiebra el ideal de proporcionar información plural. Lo que está en quiebra es la fuente de ingresos que permitía a las empresas periodísticas ofrecer dicha información.
El estudio del impacto de Internet en el periodismo se centra a menudo en la producción de noticias. Hay que redactar en frases ultracortas, además de colgar vídeos y sonidos. Es la era multimedia. Cierto. Pero lo que ha cambiado con Internet no es tanto la manera de hacer periodismo como la manera de consumirlo. La consulta matutina de las noticias en Internet (en la mayoría de los casos, en las webs de los periódicos convencionales) ha reemplazado al ritual de ojear el periódico impreso en la cafetería. Aunque no dispongo de evidencia para probarlo, sospecho que la lectura en papel se deja ahora para los fines de semana, o para las noches. Lo que podría explicar el éxito de semanarios como The Economist, cuyas suscripciones han aumentado, no disminuído, en la era de Internet. El New York Times ofrece desde hace tiempo suscripciones en exclusiva para su edición dominical, lo que podría ser otro indicador de esta tendencia.
Hay algo en el formato papel que conviene destacar antes de celebrar su desaparición. De nuevo, nos falta evidencia científica al respecto, pero no es difícil aventurar que la lectura en papel permite y fomeanta una mayor capacidad de abstracción. En su ya famoso artículo, “Is Google making us stupid?”, Nicholas Carr (The Atlantic, Julio/Agosto 2008) confesaba que el hábito de consumir información en Internet le ha hecho perder concentración. La lectura de voluminosos libros que antes devoraba con fruición le resulta ahora una tarea dantesca. En vez de bucear y sumergirme en el mar de información, dice Carr, lo que ahora hago es pasar por encima de ese mar dando saltos, como si estuviese a los mandos de una moto náutica. Difícil encontrar analogía más original y precisa.
El periódico diario ofrece además, a decir del sociólogo Craig Calhoun, jerarquía y orden. Es por ello que este corresponsal todavía necesita consultar las portadas de los diarios para luego ir a tiro fijo en sus ediciones electrónicas, que a menudo priman la secuencialidad y la actualidad de la información sobre la relevancia de la noticia. Claro que esto supone legitimar a una casta de profesionales, los periodistas, para sugerir la dieta informativa, algo que es políticamente incorrecto en la era de Internet. Es más, hay quien dice que el filtrado de contenidos es ahora tarea de los usuarios y no de una casta de sesudos editores. Todo se publica automáticamente, sin selección; es el trabajo de los usuarios otorgar puntuación a los contenidos para hacerlos subir en popularidad, llegando a una audiencia más amplia.
Hay algo en lo que un periódico y su madre, la ciudad, se parecen. Es en la concentración de diversos intereses donde uno conoce, de manera accidental, aspectos imprescindibles para la vida de uno, pero que uno no buscaba intencionadamente. Para conocer las novedades sobre comunicación política, no hay nada como suscribirse a los diversos blogs que abordan la disciplina. Pero para que el experto en comunicación política conozca cómo va el mundo y cuáles son las tendencias sociales y económicas que han de influir en su práctica profesional, lo mejor es consultar la prensa de calidad, que ha de ofrecer el encuentro casual con lo importante hecho interesante.
Por más que amemos el periódico impreso, hay que evitar la tentación de convertirnos en luditas y retrógrados. Hay que asumir los cambios y adaptarse. Ésa es la clave de la supervivencia de cualquier especie, incluidos los dinosáuricos periódicos. Pero en lugar de aceptar con papanatismo todo lo nuevo por el mero hecho de serlo, vale la pena ponderar qué conviene preservar de lo impreso en la era digital. El papel es el soporte de comunicación más longevo de la historia. Es verdad que la información impresa no es líquida, y es difícil moverla. Pero hay que diferenciar entre el agua del grifo y un vino reserva. Para consumir este último no valen las tuberías. Pero las dos bebidas (el agua del grifo y el vino reserva) tienen su sitio en la sociedad contemporánea.
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Hay quien plantea esta crisis de la prensa de papel como la evidencia definitiva de la crisis del periodismo tradicional, que vería amenazada su supremacía como proveedor de información sobre asuntos públicos y opinión e interpretación cualificadas. Sin embargo, lo que está en crisis no es el periodismo de calidad, cuya demanda sigue intacta, sino –como ya advertíamos en este blog citando a Paul Starr- la base financiera que sostenía su producción. La prensa ya no es el gran intermediario de los mercados locales (y quizá tampoco de los nacionales). Internet, y no la prensa, es el ahora la fuente de referencia para buscar un piso o vender un coche de segunda mano. Este papel como intermediarios era el que permitía a los periódicos ser lo más independientes posible de anunciantes y gobiernos, y el que ayudaba a financiar el envío de periodistas a Irak o corresponsales a Tokio. No está en quiebra el ideal de proporcionar información plural. Lo que está en quiebra es la fuente de ingresos que permitía a las empresas periodísticas ofrecer dicha información.
El estudio del impacto de Internet en el periodismo se centra a menudo en la producción de noticias. Hay que redactar en frases ultracortas, además de colgar vídeos y sonidos. Es la era multimedia. Cierto. Pero lo que ha cambiado con Internet no es tanto la manera de hacer periodismo como la manera de consumirlo. La consulta matutina de las noticias en Internet (en la mayoría de los casos, en las webs de los periódicos convencionales) ha reemplazado al ritual de ojear el periódico impreso en la cafetería. Aunque no dispongo de evidencia para probarlo, sospecho que la lectura en papel se deja ahora para los fines de semana, o para las noches. Lo que podría explicar el éxito de semanarios como The Economist, cuyas suscripciones han aumentado, no disminuído, en la era de Internet. El New York Times ofrece desde hace tiempo suscripciones en exclusiva para su edición dominical, lo que podría ser otro indicador de esta tendencia.
Hay algo en el formato papel que conviene destacar antes de celebrar su desaparición. De nuevo, nos falta evidencia científica al respecto, pero no es difícil aventurar que la lectura en papel permite y fomeanta una mayor capacidad de abstracción. En su ya famoso artículo, “Is Google making us stupid?”, Nicholas Carr (The Atlantic, Julio/Agosto 2008) confesaba que el hábito de consumir información en Internet le ha hecho perder concentración. La lectura de voluminosos libros que antes devoraba con fruición le resulta ahora una tarea dantesca. En vez de bucear y sumergirme en el mar de información, dice Carr, lo que ahora hago es pasar por encima de ese mar dando saltos, como si estuviese a los mandos de una moto náutica. Difícil encontrar analogía más original y precisa.
El periódico diario ofrece además, a decir del sociólogo Craig Calhoun, jerarquía y orden. Es por ello que este corresponsal todavía necesita consultar las portadas de los diarios para luego ir a tiro fijo en sus ediciones electrónicas, que a menudo priman la secuencialidad y la actualidad de la información sobre la relevancia de la noticia. Claro que esto supone legitimar a una casta de profesionales, los periodistas, para sugerir la dieta informativa, algo que es políticamente incorrecto en la era de Internet. Es más, hay quien dice que el filtrado de contenidos es ahora tarea de los usuarios y no de una casta de sesudos editores. Todo se publica automáticamente, sin selección; es el trabajo de los usuarios otorgar puntuación a los contenidos para hacerlos subir en popularidad, llegando a una audiencia más amplia.
Hay algo en lo que un periódico y su madre, la ciudad, se parecen. Es en la concentración de diversos intereses donde uno conoce, de manera accidental, aspectos imprescindibles para la vida de uno, pero que uno no buscaba intencionadamente. Para conocer las novedades sobre comunicación política, no hay nada como suscribirse a los diversos blogs que abordan la disciplina. Pero para que el experto en comunicación política conozca cómo va el mundo y cuáles son las tendencias sociales y económicas que han de influir en su práctica profesional, lo mejor es consultar la prensa de calidad, que ha de ofrecer el encuentro casual con lo importante hecho interesante.
Por más que amemos el periódico impreso, hay que evitar la tentación de convertirnos en luditas y retrógrados. Hay que asumir los cambios y adaptarse. Ésa es la clave de la supervivencia de cualquier especie, incluidos los dinosáuricos periódicos. Pero en lugar de aceptar con papanatismo todo lo nuevo por el mero hecho de serlo, vale la pena ponderar qué conviene preservar de lo impreso en la era digital. El papel es el soporte de comunicación más longevo de la historia. Es verdad que la información impresa no es líquida, y es difícil moverla. Pero hay que diferenciar entre el agua del grifo y un vino reserva. Para consumir este último no valen las tuberías. Pero las dos bebidas (el agua del grifo y el vino reserva) tienen su sitio en la sociedad contemporánea.
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martes, marzo 17, 2009
Un mundo sin periódicos, un mundo de corrupción
Los diarios metropolitanos han dejado de ser los intermediarios entre los negiocios locales y el público. Uno ya no necesita comprar un periódico para buscar trabajo o un apartamento en alquiler. Este papel como intermediarios permitía a los periódicos subsidiar la producción de periodismo de calidad. Los periódicos eran más independientes de las influencias del mercado o la política cuanta mayor era su base de lectores y anunciantes. Internet ha acabado con la función intermediadora de los periódicos en sus respectivos mercados locales, erosionando la base financiera que garantizaba la independencia periodística. Hasta la fecha, Internet no ha sido capaz de ofrecer suficiente rentabilidad económica como para producir periodismo de calidad. Por lo tanto, un mundo sin periódicos será un mundo sin periodismo de servicio público. Sin perros guardianes olfateando, nos espera un imparable aumento de la corrupción política a todos los niveles.
Este es el principal argumento del artículo “Goodbye to the Age of Newspapers (Hello to a New Era of Corruption)” del sociólogo de la Universidad de Princeton Paul Starr, publicado en la revista The New Republic, en su edición del 4 de marzo de 2009 (págs. 28-35).
El artículo está disponible en formato PDF en la web del propio Profesor Starr.
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Este es el principal argumento del artículo “Goodbye to the Age of Newspapers (Hello to a New Era of Corruption)” del sociólogo de la Universidad de Princeton Paul Starr, publicado en la revista The New Republic, en su edición del 4 de marzo de 2009 (págs. 28-35).
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