miércoles, mayo 01, 2013

More than a woman



Margaret Thatcher fue pionera en muchos sentidos, y la película que precedió en unos meses a su fallecimiento lo refleja en varias secuencias. Ideologías aparte, fue una mujer vigorosa en un terreno de hombres melifluos. Los aseos del Palacio de Westminster no estaban preparados para las mujeres. Tampoco el público estaba preparado para escuchar una voz aguda que tuvo que agravar con mucho entrenamiento. Quizá el momento más emocionante, que indica en buena medida su triunfo como mujer, ocurre cuando le comunica a sus padres su admisión en una universidad de élite. Su padre conoce la medida de ese éxito. Su madre no, y se vuelve para fregar la loza. Sorprende también cómo empieza el romance con el que sería su marido: ella le dice claramente que desea seguir una carrera política y que no necesitará un hombre que la mantenga, sino un compañero que ha de prepararse para un viaje vital muy movidito.

El mundo laboral sigue siendo injusto para las mujeres, con una desiguladad salarial que persiste en la primera década del siglo XXI. Pero en este Día del Trabajo conviene recordar que en Estados Unidos las mujeres representan ya la mayoría de la fuerza laboral. Sí, hay más mujeres que hombres trabajando. En muchas familias se reproduce la frase que muchos susurraban cuando veían a Thatcher con su marido: “She’s the man.”

En comunicación política, Thatcher también fue pionera. El famoso cartel de la agencia Saatchi and Saatchi, “Labour isn’t working”, uno de sus favoritos, supuso la definitiva adopción de técnicas publicitarias por los estrategas de campañas electorales. Thatcher presidencializó la política británica, como recordaba el periodista Charlie Beckett recientemente. Se convirtió en Lady Britannia, la versión isleña de la Marianne francesa.

Así como muchos políticos carecen de un ideario político y son los consultores los que tratan de construírselo, a Thatcher le sobraban ideas y convicción. Lo único que tenían que hacer los consultores era traducir en lenguaje comprensible una filosofía clara: la de que una sociedad de pequeños propietarios sería una sociedad más próspera que una subsidiada y atenazada por los líderes sindicales. Todos los ciudadanos podrían ser ahora partícipes del capitalismo, como se transmitía en el famoso anuncio “Tell Sid”, en el que se publicitaba la privatización de British Gas y la posibilidad de formar parte de su accionariado.

Thatcher también estaba sobrada de aptitudes retóricas. Su discurso de Brujas de 1988 es la mayor invectiva conocida contra la que ella consideraba una deriva federalista y estatalista de la Comunidad Europea. En la respuesta corta Thatcher era implacable. Cuando un periodista australiano le transmitió el clamor popular contra sus políticas, Thatcher le dio la vuelta al calcetín pidiéndole al periodista que aclarase cuándo, dónde, y quién se le había quejado en la calle.

Amada y odiada en igual medida, es a la vez diosa neo-liberal y avanzadilla del apocalipsis que empezó con la quiebra de Lehman Brothers en 2008. Thatcher generaba en sus enemigos la impotencia y la rabia del rival todopoderoso. Pero la Dama de Hierro era humana. Además de la enfermedad del olvido, tuvo que soportar la soledad y el riesgo del revolucionario que acaba siendo devorado por sus hijos. Fue tan transgresora que, incluso, hay quien la considera un icono gay. Irónica e involuntaria victoria la suya: todos somos un poco propietarios de Thatcher. Incluso sus enemigos.

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