martes, agosto 14, 2012

Las raíces intelectuales de Paul Ryan



Cuando este domingo leía el perfil que el Washington Post hacía sobre Paul Ryan, el candidato republicano a la vicepresidencia de EE.UU., había una cosa que no me cuadraba: su catolicismo. Recordemos que lo que más molestaba al politólogo Samuel Huntington de los latinos en EE.UU. era la presunta relación entre catolicismo y ‘fatalismo’, la creencia de que el ser humano tiene poco en su mano para cambiar su destino. Toda una afrenta al credo protestante y al ethos norteamericano, que pone toda la responsabilidad en el individuo. Pero el perfil religioso que sobre el congresista de Wisconsin ha publicado el Pew Forum on Religion & Public Life me ha hecho encajar las piezas. El principio católico que guía la praxis política de Ryan es el de la subsidiariedad, que defiende la idea de que las entidades administrativas superiores no deben ocuparse de aquellas tareas que puedan realizar las entidades administrativas inferiores. Una doctrina de autonomía local que legitima una mayor independencia de los Estados frente a las ambiciones centralizadoras del poder federal. Curiosamente, el principio de subsidiariedad, de raigambre católica aunque con réplicas en el mundo protestante, es una de las claves de bóveda de la Unión Europea. Con un matiz: la UE no es una federación ni una nación (no hay edificios ‘federales’ de la UE en cada Estado miembro, y el poder supranacional de la Comisión Europea es intencionadamente tecnocrático, independiente de las voluntades populares) por lo que el principio de subsidiariedad contribuye a hacer más invisible (si cabe) al poder supranacional europeo.

Aclarada la paradoja católica, el resto de fuentes intelectuales de Ryan son más predecibles. El libro de cabecera de su adolescencia fue Atlas Shrugged (La rebelión de Atlas, 1957), de Ayn Rand, musa libertaria que era un auténtico personaje de novela. Tal era su aversión al Estado y a lo colectivo que Federico Jiménez Losantos, líder del commentariat libertario español, la considera más anarquista que liberal. Los libros de Rand siguen siendo long-sellers en EE.UU., quizá porque es la autora que mejor expresa el deseo de los líderes de despojarse de las ataduras de los comités que les hacen producir camellos cuando quieren diseñar caballos. Rand ensalza la libertad del creador individual frente al conservadurismo y la incomprensión de las masas. Su credo se resume en el famoso discurso del arquitecto Howard Roark en la novela The Fountainhead (El Manantial, 1943), llevada al cine por King Vidor en 1949. Rand es un éxito entre los adolescentes norteamericanos, talvez porque es en esa edad cuando el joven quiere separarse de su entorno y encontrarse a sí mismo en su sacrosanta individualidad. Por no hablar de la maravillosa bondad de ajuste entre el espíritu libertario de Rand y la (muy americana) idea de que hacerse rico no es algo moralmente reprobable, sino encomiable.

Cuenta el Post que cuando Ryan era el chico de los recados del senador Robert Kasten a principios de la década de los 90, leyó dos de los libros que han sustentado el credo neoliberal: The Way the World Works (1978), de Jude Wanninski, del que Reagan reconoció haber copiado su modelo económico, y Wealth and Poverty (1981), de George Gilder, en el que se defiende la superioridad del mercado sobre la economía planificada de los gobiernos.

Y si es cierto que las compañías nos sirven para definir a las personas, podemos conocer a Ryan a través de dos de sus amigos en el mundo periodístico: Paul Gigot, editorialista del Wall Street Journal, y William Kristol, el director de la revista conservadora Weekly Standard.

Es Paul Ryan, y no su compañero Mitt Romney, la auténtica némesis de Obama. A falta de una autobiografía como Dreams From My Father, nos quedamos con un manifiesto intelectual que sabe a programa de gobierno: A Roadmap for America’s Future (2008).

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