martes, noviembre 01, 2011

Grecia y la confusión demo-liberal

El referéndum griego sobre la aceptación del rescate europeo es una excelente oportunidad para examinar el ADN de la democracia y de la Unión Europea. A este respecto debemos recurrir, de nuevo, al politólogo alemán Carl Schmitt y a la vieja distinción entre democracia y liberalismo, hoy olvidada.

La democracia es, ante todo, un régimen de identidad entre gobernantes y gobernados, insistía Schmitt. Las garantías procedimentales (constitución, transparencia, derechos civiles, etc.) no son democráticas, sino liberales. Venezuela es muy democrática (Chávez ha sido elegido y los observadores internacionales dicen que las elecciones fueron limpias), pero escasamente liberal (el derecho a la propiedad privada es el primero en entredicho). El régimen de la Unión Europea es poco democrático (es posible amar u odiar a Obama o Sarkozy... al bueno de Van Rompuy no podemos ni amarlo ni odiarlo, no existe identificación). Sin embargo, es extremadamente liberal (la legislación y la burocracia lo inundan todo, cumpliéndose la predicción de Carl Schmitt de que el telos del liberalismo es la tecnocracia).

También decía Carl Schmitt que el acto político por excelencia es la decisión, y que una relación es política cuando existe la posibilidad de que dos sujetos lleguen a las manos (de la misma manera que una relación entre dos sujetos es sexual si existe la posibilidad de que acaben entre las sábanas). La Unión Europea no nos facilita el saber quién toma una decisión, y el enemigo nunca está claro (porque la identidad tampoco lo está). Su origen fundacional está precisamente en la erradicación de la enemistad entre Francia y Alemania. Pero al liberarnos de la guerra, la UE nos liberó también de la política.

La política, como la democracia, son feas. Llaman a la exclusión, al nosotros contra ellos. El mundo político es un pluriverso, decía Schmitt, no un universo. Solo el liberalismo se preocupa por las libertades y por la protección del individuo. La democracia se lleva bien con el nacionalismo (el kratos, el poder, pertenece a la demos, al pueblo). El liberalismo se lleva mejor con el individualismo y el universalismo (de ahí la frigidez que inspira todo lo EU-ropeo).

Es la difícil alquimia entre la identidad colectiva propia de la democracia y las garantías constitucionales propias del liberalismo la que dio lugar a las democracias liberales o a los regímenes demo-liberales, que son dependientes de la gente pero blindan sus constituciones de los vaivenes populares.

El referéndum griego rompe los esquemas al poner de manifiesto que una confederación como la europea no puede ser (al menos todavía) democrática, pues sus entes constitutivos son los estados miembros, no los ciudadanos de los mismos. Allí donde no existe identidad entre gobernantes y gobernados no es bueno jugar a la democracia.

Grecia podría reivindicar, sin saberlo, a Carl Schmitt, recordándonos que la política es algo más que el ideal deliberativo del liberalismo. Es también, por desgracia, la guerra.

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