Este mes de marzo tendrán lugar las elecciones al parlamento de Dinamarca. Para contar los participantes en los debates electorales televisados no bastan los dedos de una mano. Todos los candidatos saben que el gobierno resultante será una coalición de partidos que no tendría por qué ser ideológicamente homogénea. De hecho, la actual primera ministra socialdemócrata danesa llegó a plantear la conveniencia de formar una coalición de gobierno que incluyera al principal partido de centro-derecha, Venstre.
Ahora saltemos de Escandinavia a Iberia, con la facilidad con la que lo haríamos en Google Earth. El líder dimisionario de las juventudes del Partido Popular anuncia a bombo y platillo que se pasa a Vox, el partido que, a su juicio, sabe guardar las esencias de la auténtica defensa de la unidad española. La idea de una ‘gran coalición’ no es solo indeseable para muchos actores políticos. Es inconcebible. Pocos recuerdan que en vísperas de las elecciones generales de 1979, una de las ideas que flotaba en el ambiente era una posible coalición entre UCD y el PSOE.
Habrá quien vea en las grandes coaliciones un grave peligro de desideologización de la política… incluso un riesgo de autolesión: si la gran coalición no funciona, ¿qué nos quedaría? ¿Cuál sería la alternativa? ¿No sería ésa la evidencia del fracaso de la política como método de gestión de los asuntos públicos? El otro extremo de la ensalada consociativa es la polarización, que parece haberse contagiado desde los Estados Unidos de América al resto de Occidente. Una polarización que no sería solo política, sino también afectiva: la idea de tener un amigo, no digamos una pareja, que vote al otro partido se hace cada vez más improbable. Como la de un ateo que acompañe a su esposa a la puerta de una iglesia un domingo, para que ella oiga misa mientras él se da un paseo por el parque.
¿Cómo hemos llegado aquí? Este lunes, 9 de marzo de 2026, una mesa redonda reunió en la Casa de América en Madrid a un panel de académicos que presentaban sus contribuciones a un nuevo número de la revista Tribuna Norteamericana, el 48, centrado en esta ocasión en la polarización política en Estados Unidos. Moderados por el periodista de El Confidencial Ángel Villarino, participaron de forma presencial Juan Luis Manfredi, catedrático de Estudios Internacionales en la Universidad de Castilla-La Mancha y Adriana Amado, profesora de comunicación política en la Universidad Camilo José Cela. Intervinieron de forma telemática Josep Colomer, profesor e investigador en la School of Foreign Service de Georgetown University (Washington, D.C.), y Sigrid Vázquez Tirado, doctora en Psicología Forense en la Universidad Ana G. Méndez de Puerto Rico.
Para Josep Colomer la polarización política en Estados Unidos es consecuencia de su diseño institucional, “un experimento sin precedentes cuyos errores están todavía pagando”. Los constituyentes de Filadelfia copiaron el sistema parlamentario uninominal británico, sustituyendo al monarca por un presidente cuya elección exacerba la polarización. Colomer insiste en que el binarismo político estadounidense está fomentado desde las instituciones y sus políticos, no proviene de la gente común. De hecho, se intuye cierto hartazgo ciudadano, porque a la hora de registrarse para votar la opción mayoritaria (un 45%) es la de ‘independiente’.
Desde el punto de vista de la psicología social, el principal peligro de la polarización política es la deshumanización de categorías dentro la población. Para Sigrid Vázquez, esto ocurre cuando se identifica a los inmigrantes como ‘ilegal aliens’ (casi extraterrestres) o cuando se identifica, como en tiempos del nazismo, a los judíos o los negros con animales. El corolario de la deshumanización es la violencia extrema: cuando se ve a estas categorías de población como individuos no humanos, es más fácil cometer atrocidades contra ellos, como la tortura o el linchamiento.
La violencia y la capacidad de coerción son ahora la nueva apuesta de Estados Unidos para ganarse aliados por el mundo. Atrás quedó el deseo de asociación que proyectaban el estilo de vida suburbano de las películas de Hollywood o las generosas becas para estudiar en las prestigiosas universidades de las dos costas, lamenta Juan Luis Manfredi. Lo que antes se conseguía con poder blando (la ayuda internacional de USAID o los boletines informativos de Voice of America) ahora se obtiene con el poder duro, forzando al actor internacional a manifestar su adhesión al Board of Peace, la alternativa de Trump a la ONU.
No obstante, el único rival al que Trump parece tomar como igual carece de armamento. La némesis del presidente estadounidense no sería tanto Pedro Sánchez como Bad Bunny. “La polarización no es solamente política”, advierte Adriana Amado. “La polarización política es parte del logos, pero cada uno de nosotros está dentro de muchas polarizaciones que se relacionan más con el pathos, con las emociones”. Según Amado, para entender a Trump y otros líderes redentores resulta más útil la teoría de la telenovela que la ciencia política clásica. La prueba definitiva de que Bad Bunny ha sido el único líder capaz de hacerle sombra a Trump es que éste se ha apresurado a sacarse fotos con futbolistas, los otros líderes de masas que se disputan la adoración iconográfica con los políticos y los artistas. La batalla por la idolatría tiene lugar ahora en el terreno de la cultura popular, aquel de donde procedía el Trump pre-candidato, un socialité.
Aunque el incierto resultado de la guerra con Irán invita a especular, una vez más, con la idea de la caída del imperio americano, Josep Colomer observa que a la constante de la violencia política se une la de la solidez institucional: durante el último siglo, Estados Unidos se ha mantenido en el 5% de la población mundial y en el 25% de la producción económica. “Este país es irrompible”, advierte.
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martes, marzo 10, 2026
Polarización política: desde USA para el mundo
jueves, marzo 05, 2026
El futuro del fact-checking tras el abandono de las plataformas
Hubo un tiempo, nada lejano, en el que las redes sociales abrazaron el fact-checking. Nacido en la primera década del presente siglo como un movimiento de reforma dentro del periodismo norteamericano, la verificación pretendía superar la objetividad entendida como ‘falso equilibrio’ entre las partes para abrazar la idea de que la verdad está en el dato y no en el relato.
El fact-checking conocería momentos de gran popularidad en España, como la sección ‘Maldita Hemeroteca’ dentro del programa de televisión ‘El Objetivo’ (La Sexta), que debutó en 2014 en las noches de los domingos adoptando el ‘truth-o-meter’ de Politifact, sometiendo las afirmaciones de los políticos a las categorías de ‘verdadero’, ‘falso’ y ‘engañoso’.
La era dorada de la verificación (al menos desde el punto de vista financiero) llegaría en la segunda mitad de la década de 2010, cuando grandes corporaciones como Google o Facebook decidieron incorporar el fact-checking a su operativa para contrarrestar la ‘posverdad’ (el sometimiento de los hechos a la emoción) y la desinformación (campañas de influencia extranjera). Así, los resultados de búsqueda en Google mostraban verificaciones de ciertas afirmaciones, mientras que en Facebook los posts denunciados por los verificadores eran eliminados o degradados por el algoritmo.
Todo cambió en 2022. Desde su residencia en Mar-a-Lago, un Trump destronado denunciaba el régimen de censura izquierdista (left-wing censorship regime). Musk compraba Twitter ese mismo año, convirtiendo la imperfecta plaza pública global en un abrevadero de la extrema derecha. En cuanto Trump recuperó el poder en 2025, Mark Zuckerberg anunció el final de su colaboración con los fact-checkers en Estados Unidos. El desacoplamiento de las plataformas tendría graves consecuencias: los gobiernos autoritarios de medio mundo se sintieron legitimados para dar caza a los verificadores. Irónicamente, el país que alumbró el movimiento del fact-checking prohíbe ahora las visas para investigadores que deseen investigar la desinformación desde Estados Unidos.
Lucas Graves, el académico de referencia en el estudio de la verificación, es en la actualidad uno de los talentos norteamericanos que ha captado el programa Atrae del Ministerio español de Ciencia, Innovación y Universidades. Este miércoles, 4 de marzo de 2026, hacía balance del estado del fact-checking en un seminario abierto del grupo de investigación en Comunicación, Políticas & Ciudadanía de la Universidad Carlos III de Madrid, su nueva casa académica.
Según datos del Duke Reporters Lab citados por Graves, la mitad de las 450 organizaciones de fact-checking que operaban en 2025 se encuentran en el sur global. En 2016 el número de verificadores se situaba en 145 organizaciones. Un crecimiento de un 210% en apenas una década, en gran medida gracias al músculo financiero de Facebook y Google. Algo más de la mitad de los verificadores están afiliados a medios periodísticos, pero el resto son activistas independientes o ‘brazos’ de organizaciones de la sociedad civil.
El impulso ofrecido por las plataformas ha sido crucial. Graves lo desglosa en cuatro ámbitos:
1.- Apoyo financiero. En 2022 Meta presumía de haber invertido más de 100 millones de dólares en financiar verificadores, mientras que Google cifraba su apoyo en 75 millones entre 2018 y 2022.
2.- Impacto. Los fact-checkers estaban integrados en el ecosistema donde las audiencias se exponían a los bulos, permitiéndoles moderar posts en Facebook o aparecer en búsquedas de Google apostillando la veracidad de ciertas afirmaciones.
3.- Legitimidad. Contar con el apoyo de Google o Facebook permitía a los verificadores entrar en un círculo virtuoso que les abría las puertas de agencias gubernamentales, organizaciones filantrópicas y medios de comunicación.
4.- Institucionalización. Antes de la entrada de las plataformas, la International Fact-Checking Network (IFCN) era poco más que una lista de correo y un congreso anual. La colaboración con Meta le obligó a controlar con más rigor quién entraba a formar parte de la red, forzando la aprobación de unos estatutos, un código ético, elecciones para renovar cargos…
Ahora que las plataformas se han retirado, ¿qué futuro le espera a las organizaciones de verificación? Graves ve amenazas y oportunidades. Ya no hay conflicto de intereses para que las propias plataformas puedan ser objeto de auditoría por parte de los fact-checkers. También pueden seguir demostrando su valía destapando estafas a los consumidores, en lugar de gastar sus energías en desmentir pequeños bulos. Y pueden pasar de regular el discurso en la sala de máquinas de las plataformas a ocupar un papel más protagónico, colaborando con influencers y combinando pequeños vídeos en Tik Tok con piezas explicativas más largas en forma de newsletter.
El futuro es a la vez incierto y apasionante. La industria de la desinformación no descansa y ya hay estrategias de AIEO (Artificial Intelligence Engine Optimization), una evolución del SEO (Search Engine Optimization) para que las respuestas de los agentes de Inteligencia Artificial estén contaminadas por las partes interesadas. ¿Qué papel le corresponde a los fact-checkers en este nuevo escenario? La respuesta es abierta, lo único seguro es que Lucas Graves la seguirá buscando.
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